UN FUTURO MARAVILLOSO

Sophia Gómez Cardeña

UN FUTURO MARAVILLOSO


Aún quedaba algo de su sonrisa. A veces, cuando cerraba los ojos por el dolor, su quijada recobraba la firmeza perdida. Ese gesto no duraba mucho: separaba los labios y de sus comisuras caía un hilo de saliva. Saliva amarga, pensaba yo y me acercaba. Esa era la señal de su llamado: un abrir la boca, un expulsar el aliento que no alcanzaba a ser una voz, ni siquiera un susurro. Yo entendía. Me acercaba.

Era al dormir cuando más próximo estaba a él mismo, a lo que había sido. El sueño: una breve tregua para su cuerpo. El agotamiento que lo deformaba en la vigilia desaparecía en cuanto apagábamos las luces. En cuanto las apagaba yo – él ya no podía-, pero no quiero borrar ese plural que también lo incluye. Solo en las noches aparecía esa suerte de sonrisa. El rostro sereno. La mandíbula que ya no temblaba. Sus pestañas largas descansando, como mariposas que deciden reposar bajo la sombra un día de verano. Solo en esos momentos podía recostarme a su lado. Despierto, no lo permitía. Cualquier hombre sentiría vergüenza y más un hombre como él, ¿acaso no lo conoces?, repetía mi hermana, las pocas veces que le hablé. En esos momentos me detenía, sorbía la infusión que me había invitado y callaba. Tenía que acostumbrarme también a ese nuevo tipo de soledad.

* * *
Es una fortuna, muchos en su condición no duermen, dijo el doctor cuando aseguré que él podía descansar varias horas durante la noche. Eso ocurrió en la primera cita médica después de regresar a casa. Una fortuna extraña, pensé yo, pero no dije nada. No conviene contradecir a los doctores. Lo supe pronto. Se ponen nerviosos cuando alguien refuta la religión que profesan: la bata blanca, el expediente médico, la sonrisa fría. Los procesos, cada proceso es diferente, repitió hacia el final mientras estrechaba mi mano al despedirnos. Doctores al borde de un ataque de nervios, dije cuando estuvimos solos en el carro. Él sonrió. En otras épocas hubiera reído, pero la energía ya no le daba para ese esfuerzo. Estaba de buen humor y me miraba a los ojos, como siempre que quería asegurar que tendríamos un futuro maravilloso. Su rostro se hizo opaco ante mis ojos. Ya no era bello. Encendí el auto y me refugié en conducir para no verlo. Balbuceaba -solo conmigo lo hacía- y yo entendía. Pretendía entender.

* * *
Esto puede cambiar mucho a una pareja joven, decían, como poniéndose de acuerdo, mis padres y sus hermanos. Todo puede cambiar a una pareja joven, ¿no lo saben? Mi voz salió desconocida para ellos. Noté que mis palabras tenían un peso distinto: por el hartazgo, la insatisfacción o el miedo. No me importó. No tenía tiempo para que me importe. Los días pasaban y debía seguir el ritmo: las pastillas de la mañana, los alimentos líquidos, la terapia por las tardes, el baño de las noches. El baño era lo peor: sacarle el pantalón era estar ante la evidencia de un cuerpo reducido a ser una masa verdosa, lampiña. Su sexo, ajeno de todo. Sus manos errantes en el agua. Él prefería no mirarme. Yo hacía como si no lo viera. Ambos cooperábamos para evitar su desnudez por mucho tiempo. Una pareja que se apoyaba mutuamente.

* * *
No veía avances, por más que todos decían lo contrario. La palabra proceso me parecía repulsiva. La mirada piadosa del doctor, insoportable. Los cuerpos reaccionan de manera distinta, lo sabía, pero yo veía el cuerpo de mi hombre reducirse cada día un poco más. Escribí “mi hombre” y me sentí desconocida ante mí misma. ¿Será que las palabras mutan para aferrarnos a lo que pronto no estará? Él lo notaba y se esforzaba en crear un mundo posible a pesar de su dolor. Nunca lo vi tan fuerte como cuando empezó a morir.

Su primer gesto fue pedir desayunar en la sala. Se erguía lo más que podía en el sofá -ese mueble que él ayudó a cargar cuando lo compramos- y ensayaba una sonrisa. Su mirada, serena, sosteniendo la mía. Lo supe pronto: tenía que estar a la altura de la despedida. Fue allí cuando empecé a hablar del futuro. Él lo necesitaba. La próxima semana, el mes siguiente, a fin de año. No tuve que esforzarme mucho: solo decía en voz alta aquellos sueños que habíamos pensado juntos, para darles la breve vida de mis palabras.

El segundo gesto, el definitivo, fue permitir que me acerque a él de otra manera: ya no como alguien que lo cuidaba, sino como mujer a quien desear. Esa noche, con un movimiento que tardé en descifrar, solicitó una pequeña atención: usar perfume antes de dormir. El perfume de las salidas, de nuestras primeras veces. Lo sentí en su cuello y era de nuevo el hombre orgulloso del que me enamoré. Duerme conmigo, musitó con el esfuerzo de una última vez. Me recosté a su lado y él me tomó con simpleza: su mano aferró la mía durante toda la noche. Con una intimidad extraña, su cuerpo me pedía como suya. Con miedo a perderse. Con la certeza de un acierto.

Era cuestión de tiempo. Una mañana, él no supo más encontrar el camino de regreso.

* * *
Los días son otros y voy creando una nueva rutina.

El diente de ajo en la palma de mi mano. Mis yemas agrietadas buscan una debilidad en su cáscara. Remuevo esa fina coraza y cumplo de nuevo con el acto diario del despojo: quitar cáscaras al alimento, quitar el polvo de la casa, quitar pendientes de la lista.

Quitarme la ropa. Desnudarme con o sin ganas. Desnudarme siempre sin prisa. Picar el ajo en láminas pequeñas y recordar la última vez en la que mi cuerpo estuvo desarmado así, casi deshecho, a puertas del calor. La última vez que él, que nosotros.

El aceite humea en la sartén con un aroma sincero. No ha llegado aún a la mitad, pero es la última botella que queda. En una semana, tiempo exacto, haré las compras para el próximo mes. Los planes se acaban allí.

Ahora solo me queda esperar. Otro proceso del que todos opinan, pero nadie sabe. Yo hago listados de lo que me rodea. El encierro. La vida en las ventanas. Desmontar un hogar. Su perfume en mi cuello, mi nuevo olor. Las preguntas que me encuentran y que esquivo, cada tanto, como lo hago conmigo. El deseo que no da tregua ni cuando sueño.

La incertidumbre me excede. Sus manos son fantasmas que han dejado de visitarme. Y yo no sé cómo vivir de otro modo.



SOPHIA GÓMEZ CARDEÑA (LIMA, 1985)

Es psicóloga y magíster en Estudios de Género. Se dedica a la intervención, investigación y docencia en temas de género, diversidad sexual, salud mental, psicoanálisis, desarrollo humano, literatura y cine. Ha publicado cuentos en revistas literarias, como en LL Journal, (Programa Doctoral de Culturas Latinoamericanas, Ibéricas y Latinas, The Graduate Center CUNY Nueva York), en la revista Entre Caníbales (Perú) y en la Antología de minificciones Brevestiario (Revista digital Brevilla, Chile). También es parte del libro “Ellas escriben”, editado por PetroPerú en 2021, con el cuento “Nuestra forma final”.

s