LAZOS DE SANGRE

Fernando Gabriel Taco Mendoza

LAZOS DE SANGRE


Rebanar un plátano sin pensar en mi padre es imposible. Especulé eso aquella tarde en la que me encontraba preparando la cena en el departamento. Salvo por el sonido del refrigerador vibrando, el ambiente permanecía en silencio. El sol empezaba a ocultarse. Debía apresurarme, dejar todo listo antes de irme al colegio. Pero golpearon la puerta.

En cuanto corrí el pestillo, empujaron desde afuera. Mi padre entró de golpe. No me dirigió la mirada. Regresé a la cocina para triturar el plátano en la licuadora, convertirlo en jugo. Él se desparramó en la sala. Encendió el televisor.

—¿Y tu madre?

No era la primera vez que fingía no estar enterado. Le gustaba escucharme dar una y otra vez explicaciones, como si la desgracia no hubiera estallado con suficiente fuerza sobre nuestras vidas. Hace meses que mi madre permanecía tumbada en la cama de su habitación. La enfermedad que padecía no era física, según pude entender entonces, sino algo invisible y peligroso, oculto en algún lugar de su cabeza. En las madrugadas, cuando me levantaba para calentar las ollas de los desayunos que vendíamos, la escuchaba llorar.

—Está en el cuarto.

Permaneció en silencio, contemplando las luces cambiantes de la pantalla. En ocasiones, cuando me detenía a verlo, a vernos, creía que podía comprender los motivos por los que mi madre no salía más de esas cuatro paredes.

*


Mi padre trabajaba como obrero para una empresa que había empezado a erigir lujosos departamentos en un lugar que no era más una chacra. Regresaba a casa tarde, con el cuerpo molido. A veces —los viernes, los sábados—, trastabillaba en las escaleras metálicas que conducían a nuestro piso. Aquel ruido me volvía loca. El tufo de cerveza en su aliento me daba ganas de vomitar. Mi madre, por su lado, se encargaba de vender desayunos en las esquinas donde la gente espera el bus que los lleve a su destino. Solo cuando la ciudad entera parecía haber partido, ella iba al mercado a atender el puesto que teníamos. Yo la ayudaba durante la jornada. Por las tardes, antes del anochecer, caminaba hasta el colegio vestida con el uniforme verde que nos obligaban a usar.

Al menos había sido así hasta que un día no salió más de su habitación. Entonces yo había tenido que encargarme de vender los desayunos, atender el puesto del mercado, preparar el almuerzo y la cena, ir al colegio, cumplir con las tareas que nos dejaban.

Le llevé el jugo a mi padre.

—¿Quieres ver algo?

Me quedé helada. Deseé que mi madre estuviera allí. Intenté lucir firme, valiente. Las manos me sudaban. Algo estaba a punto de suceder. Mi padre no sabe que recuerdo, pero las imágenes aparecen titilantes. Hasta ahora. La promesa de un juego. Su pene. Su cara. Pelos malolientes. Mis manos de niña. Gritos de mi madre.

Llevó sus manos al bolsillo de su casaca. Jaló el cierre. Silencio. Un arma. Oscura, antigua, mortal.

—Me la vendió un amigo.

No contesté.

—No tengas miedo. Esto nos va a dar plata —qué cara habré tenido que sus ojos luminosos se transformaron en una mirada de desprecio—. No entiendes nada. Vete nomás al colegio, cojudita de mierda.

Me incliné para recoger mi mochila apoyada en el piso junto al sofá. Sentí sus manos acariciar mis nalgas debajo de la falda. Luego se puso de pie y fue al baño. Escuché su chorro de orina mezclándose con el agua acumulada en el retrete.

La pistola estaba sobre la mesa. La cogí. Fría, como todo lo que en esta ciudad permanece en la sombra. De pronto, apareció mi padre. Lo apunté con el cañón.

Su rostro palideció. Tenía la mandíbula descolgada. Vi gotas en su frente. En el televisor, dos chicas semidesnudas participaban en un concurso de baile con música apabullante.

—Suelta eso. No juegues.

La voz le languidecía. Yo iba retrocediendo de espaldas. Pequeños pasos que me acercaban a la puerta. Pensé en escapar, vender la pistola a buen precio. Mi mochila colgaba en mi espalda. Podía arreglármelas. Después de todos esos años, atreverme a subir a un bus. Irme lejos.

Choqué contra la puerta de metal. Giré mi cabeza para ocuparme del pestillo. Mierda. Sí, fue eso lo que me distrajo. O quizás el miedo. En ese instante, mi padre vino hacia mí corriendo como un toro. Me tomó de las muñecas con fuerza y me hizo soltar la pistola. Estrelló su mano quemante contra mi cara. Me aturdió. Bajé las escaleras metálicas con prisa y salí corriendo.

*


No quería ir al colegio así que caminé sin un destino en mente. Ya era de noche. La mejilla me ardía. Regresó a mi cabeza la escena de una telenovela que veía con mi madre. Una señora rubia le daba una cachetada a la sirvienta de la casa. La cámara hacía zoom. Se suponía que aquello debía ser dramático, pero mi madre y yo habíamos soltado una carcajada. Eso fue antes.

—Me quiero morir —me había un dicho un día que íbamos camino al mercado.

Yo permanecí en silencio. Continuamos caminando. En realidad, no me lo había dicho a mí. Tenía los ojos puestos en ningún lado. Hablaba con ella misma.

—¿Y si vas al psicólogo? —sugerí con timidez.

Me miró sorprendida, como quien de pronto toma conciencia de que se encuentra en una casa que no es la suya.

—No tenemos plata.

Eso fue todo.

*


Una noche, en el colegio, un profesor nos habló acerca La ley de la atracción. El que quiere, puede, nos dijo. Nos contó que cuando él era pequeño su anhelo más grande era llegar a tener un carro. “¡Ahora tengo dos!”, exclamó con los ojos encendidos como antorchas. Su dedo índice y medio señalaban al cielo, estaban manchados con plumón de pizarra. “¡Dos!”. Al final de la clase nos repartió unas tarjetitas que llevaban escrito el nombre de un evento al que nos invitaba. “¡CAMBIA EL CHIP!: ¡SECRETOS PARA UNA VIDA LLENA DE ÉXITO!”.

No tengo idea de si persuadió a alguien con su historia. Pero nadie se sorprendió cuando, semanas más tarde, el coordinador nos informó que la policía lo había detenido en su casa. Evasión de impuestos y estafa piramidal.

Hasta antes de que eso sucediera, se me había pasado por la cabeza mostrarle la invitación a mi madre. Quizá por los colores exagerados, o la palabra “éxito” en mayúsculas, o el excesivo entusiasmo de mi profesor. Quizá algo de todo eso podía levantar el ánimo de mi madre. Pero una vez que lo detuvieron pensé que lo mejor era, simplemente, hacernos compañía. Permanecer juntas.

Tenía que regresar.

Alcé la mirada. Me encontraba en un parque con juegos metálicos para niños. Árboles con sombras alargadas. Luces amarillas que salían de los postes. Caminé a casa.

*


Los coches de la policía no debían haber llegado hace mucho. Aceleré el paso. Mientras subía las escaleras, escuché un llanto desesperado. Lo que pasó luego fue rápido. En el piso de la sala, el cuerpo de mi madre. Su cabeza abierta de un balazo. Un amasijo de carne y restos de cráneo diseminados. Algunos policías revisaban el departamento. Mi padre arrodillado, con la cabeza hundida en sus manos. Toqué su hombro. El ruido nasal de quien absorbe mocos. Volteó a verme lentamente. Tenía la cara pálida. Las venas se le marcaban en la piel como serpientes a punto de estallar. Los ojos demasiado abiertos. Las luces de la policía lo iluminaban todo.

Lo decidí en ese instante. Aquella sería mi última noche en ese lugar.



FERNANDO TACO MENDOZA (AREQUIPA, 1999)

Estudió Ciencias de la Comunicación. Ha colaborado en diversos diarios y revistas. Actualmente estudia en Cuba la Maestría en Escritura Creativa de Guion Audiovisual en la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños (EICTV). Le gustan los gatos, las gyozas y la música.

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