DO I WANNA KNOW

Alonso Arturo Díaz Reinaltt

DO I WANNA KNOW


Crawling back to you Alberto maneja por la Panamericana Sur hacia el KM. 52, donde planea parar a comprar unos panes al horno rellenos con queso, jamón, cabanossi y unos toques de orégano. Está manejando a unos constantes 108 km/h (aunque el límite es solo 100) , de camino a Cerro Azul, donde planea encontrarse con unos amigos que llevan vacacionando desde el lunes.

Hoy es sábado en la mañana, por cierto. El cielo está ligeramente celeste a pesar de que es invierno.

Alberto evita ver a través del espejo retrovisor: uno de sus mayores temores es que, en alguna ocasión, algo lo mire de vuelta desde el asiento trasero. Ahora está manejando solo, pero este miedo no se le pasa cuando maneja con personas. Cuando lleva el carro lleno, le preocupa mirar al espejo y ver que las personas que estaban ahí ya no están, y que solo quedan en su lugar voces incorpóreas, órganos sin cuerpo. Le aterra, además, que las personas detrás sí estén ahí, pero que sus caras sean las de criaturas con muecas horrorosas y dientes afilados.

La cola duró menos de lo que Alberto pensaba, así como los panes. “Igual, un hombre precavido vale por dos” piensa Alberto, aun con la barriga llena, mientras mete en su guantera una bolsa de papel con más pancitos de los que podría desayunar una familia promedio.

A Alberto le dicen “Chino” últimamente. Alberto no entiende muy bien por qué: sus ojos no son rasgados ni tiene ningún otro tipo de atributo que se le pueda atribuir a una persona de China. Alberto es, más bien, blancón, algo peludo (excepto por la cabeza, donde cada vez se nota menos densidad en su peinado), y de una sonrisa pequeña, que pareciera estar siendo opacada de forma constante por su mustacho. Alberto estaciona frente a la casa de Miguel, donde están sus amigos, pero alrededor de una cuadra más allá. Se negó a estacionar en un espacio donde tuviera que usar el espejo retrovisor, por motivos que ya explicamos previamente y no valdría la pena repetir. Alberto siempre se ha preguntado que hay al otro lado de los reflejos, pero nunca ha tenido el valor de averiguarlo.

Tras bajar del carro, cruzando pisó un charco de agua, algo profundo. Algo normal en épocas de invierno, lluviosas, y tanto más aún en lugares donde las pistas no fueron hechas para durar. Evitó a toda costa ver el charco: siempre encontró fastidiosa la forma en la que el reflejo era distorsionado por la pisada y terminaba reflejando el mundo de vuelta de una forma completamente caótica. Esto no significaba de modo alguno que el agua estancada le diera mayor tranquilidad. Todo lo contrario: era una barrera donde cualquier ser o entidad podía esconderse, pasando desapercibida mientras solo se podía ver el reflejo de uno mismo.

La mamá de Alberto vivió muchos años en Japón, aunque eso tampoco sería justificación para que lo llamen Chino. Esto fue recordado por Miguel y Jose (que se escribe José pero se pronuncia Jose, sin tilde). “Cuando tu mamá volvió a Lima, nos empezó a dar soba cuando íbamos a visitarte. En pleno verano y metiéndonos un tazón de sopa del tamaño de mi cabeza. Fácil por eso saliste sopero, Chino". La masculinidad frágil y la risa fácil eran propias de gente como ellos.

Alberto a veces se cuestionaba sus motivaciones para parar con gente así.

Es domingo de madrugada, y ya se acabó el ron. Mientras se tendía, un poco ebrio, en un mueble de la terraza, agradeció que la familia de su amigo no pudiera pagar una piscina, que era como un charco de agua pero gigante, como un espejo abismal. Alberto se va a orinar al baño, y mientras se lava las manos las mira fijamente frotarse el jabón una a la otra. Sabe que está muy poco consciente como para mirar el espejo encima del lavadero sin que su imaginación le juegue una mala pasada. A estas alturas se hace obvio que a Alberto no le gusta la idea de meterse al mar. Sin embargo, disfruta mucho estar tirado en la arena, comiendo unos choritos a la chalaca. De esos que te traen a tu sombrilla, desde el menú más cercano. O unas conchitas a la parmesana. O unos tequeños con guacamole.

Sin embargo, esta vez Alberto se quedó en casa mientras Miguel y Jose iban a la playa. No hubo chance de choritos, ni de conchitas, ni de nada. La resaca le había remecido el estómago lo suficiente como para llegar a las náuseas, y los pancitos (que se quedaron en la guantera, bajo el sol) le permitieron tener algo que vomitar. Así que se limitó a tomarse una pastilla y tomarse una siesta, mientras sus amigos iban a tomar sol. Al despertar, está atardeciendo. Alberto entra al baño de su cuarto, y se mete en la ducha. El agua le ayuda a mitigar el dolor de cabeza. Siempre se ducha con agua caliente, incluso en verano, porque el vapor empaña los vidrios. Solo así, Alberto se atreve a mirar al espejo. “¿Acaso quiero saber?” se pregunta, mientras se observa mirándose tras el cristal empañado.

Da un paso adelante, y resbala. Con suerte apoya una mano en el espejo, y la otra en el lavadero, y así evita caerse. Cuando se levanta, se mira nuevamente, de forma inconsciente. La marca de su mano en el espejo lo desempañó, y se vio con claridad por primera vez en más tiempo del que podía recordar. No reconoció lo que vio. Su cara estaba ahí, pero su rostro parecía desdibujado, como si sus ojos fueran demasiado grandes, y su boca sonriera de oreja a oreja, pero no de la forma positiva. ¿Era posible que una boca se abriera tanto? Alberto entonces se dio cuenta de algo, que lo hizo cambiar su expresión de desconcierto a una de pánico.

Alberto no estaba sonriendo, pero su reflejo sí.

Rompió el espejo de un puñete, y salió del baño a buscar vendas para curar las heridas en su mano. Al llegar al pequeño botiquín de la casa, vio que no había sangre en sus manos, pero sí en el piso y en su ropa. Siguió el rastro de vuelta al baño, pero este empezó a girar hacia la derecha. Alberto lo siguió inocentemente hasta el closet del cuarto. Él nunca lo había usado, puesto que no solía colgar su ropa sino guardarla en cajones.

Al abrir el closet, se encontró con un espejo de cuerpo entero, y todo intento de no verlo fue en vano: su curiosidad pudo tanto más que su instinto de preservación, que le gritaba que huyera. Nuevamente se vio sin reconocerse, esa sonrisa afilada y desproporcionada; los ojos, de color negro donde debería haber marrón, de color amarillo donde debería haber blanco. La mano derecha goteando sangre, con esquirlas de vidrio incrustadas en la piel. Alberto no entendió a tiempo, y no vio venir lo que iba a pasar a continuación. Su reflejo posó la mano sobre el vidrio, y sin que Alberto pudiera hacer nada, lo golpeó. Todo se puso oscuro.

Alberto demoró en adaptarse a la luz. La oscuridad parecía total, pero con un poco de esfuerzo, Alberto empezó a avanzar tocando el piso, a ciegas. Llegó a lo que asumía era el cuarto de Miguel, y vio luz: la ventana. Afuera de esta podía ver a alguien saliendo de la casa. Era él. Bueno, no exactamente. Pero sí. Mientras Alberto lo miraba, volteó, y le volvió a sonreír, con esos ojos saltones y esa sonrisa afilada, y se fue hacia la playa.

Solo entonces Alberto entendió: ahora él estaba del otro lado.

“¿Cómo no sabes por qué le dicen Chino a Beto?” pregunta Jose, mientras corre hacia el mar con Miguel. La arena quemando sus pies, la resaca quemando sus cabezas, la acidez quemando sus entrañas: todo esto se iba cuando sentían el agua salada resfrescando sus cuerpos. “Es porque en los selfies siempre sale chino, como si cerrara los ojos o algo. Como si estuviera tratando de no ver algo”. Miguel lo miró incrédulo, como si le pareciera un motivo estúpido para apodar a alguien de esa manera



ALONSO ARTURO DÍAZ REINALTT

Antropólogo dedicado a la investigación centrada en el usuario, con interés en estudios de Ciencia, Tecnología y Sociedad y con un gusto particular por las historias cortas. Colecciona funkos y vinilos, y busca las excusas que pueda para escribir en el día a día.

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