ANTES DE QUE SALGA EL SOL

Dennis Santiago Gastelú Barrera

ANTES DE QUE SALGA EL SOL


Casi amanece y yo sigo dando vueltas en las calles sin conseguir un taxi. Es mi culpa. Me entretuve demasiado captando en las discotecas hombres lo bastante borrachos y arrechos para que no les importe que soy una enana flacucha de metro y cincuenta. Hueco es hueco, de seguro piensan cuando se me tiran encima, luego de unos bailes en que les pongo mi poto caído pegadito a sus pelvis. Creo que el penúltimo tenía carro. Estúpida de mí. Perdí la oportunidad de no sufrir esta tensión que aumenta ante cada negativa de esos taxistas maricones.

Un auto se aproxima y de modo automático levanto la mano. Se detiene y por enésima vez hago la consulta. El chofer repite las justificaciones de los otros.
─Uy señorita.
─Por favor...
─De aquí del centro a Chorrillos. Y a esta hora.
Aguzo mis sentidos. La voz del tipo me suena entre dudosa y con un tono como si se estuviera disculpando. Le desafío la mirada y él baja sus ojos de sabueso. ¡Que lindo! me digo. Doble contra sencillo a que es el típico lorna al cual las mujeres le sacan regalitos y atenciones, sin nunca lograr siquiera un besito de retribución. Le dedico la mejor de mis sonrisas.
─Tenga piedad, soy una dama en apuros.
─No sé, señorita.
─Al precio que me diga, súmele 20 luquitas más.
─Yo...
─Vamos, ¿eres un caballero o no?
Se sonroja y me indica que suba. Arrancó conmigo en el asiento trasero. A pesar de saber que aún puedo llegar a tiempo, igual cruzo y descruzo las piernas y me como las uñas mientras no dejo de vigilar el cielo. El auto va rápido en una pista que presenta menos vehículos a medida que avanzamos al sur. El chofer me observa con interés por el espejo retrovisor.
─Señorita, ¿puedo preguntarle algo?
─Dispara.
─¿Es por su piel? ¿No?
─¿Que?
─Su preocupación. Usted es tan blanca que los rayos solares deben hacerle daño.
Suspiro. Lorna, pero con don de gente.
─¿Por qué lo dices?
─Un vecino tiene un hijo albino y solo lo saca de noche.
─Pues no soy albina, pero por ahí va mi problema.
─Ah ya. Entonces...
Me callo. El auto ingresó a la vía de evitamiento. Al fin, le contesto.
─Vaya con la curiosidad...
─Bueno... yo...entiendo si no quiere...
─Hum. Si te lo digo es probable que choques.
─Perdón.
Un carro rojo con tres sujetos se colocó al costado izquierdo de nosotros. El pelado que estaba junto al conductor empezó a gritarle al chofer de mi taxi:
─Oye resineitor ¿Qué haces manejando? Lo tuyo es montar llamas nomás.
Lo que me faltaba, me digo, unos pitucos imbéciles dándose de machitos. Le pedí a mi chofer:
─No le hagas caso.
─Bien señorita.
El pelado insistió:
─Serrano de mierda. ¿Qué te pasa? ¿Tienes miedo?
También se la agarró conmigo.
─Hey puta, ven aquí para dártelo por el chiquito.
Por un rato continuaron los insultos. Percibí como mi chofer apretaba los dientes. Hice lo mismo. Al no haber respuesta, el carro rojo amenazó varias veces con cerrarnos el paso, provocando que mi chofer reduzca la velocidad. Eso no, me dije. Desesperada desoí mi propio consejo. Bajé la luna del auto y vociferé:
─Dejen de joder cabrones y den permiso.
Mi chofer balbuceó un angustiado “qué hace señorita”. Ahora sí, nos cerraron cerca al paradero vacío de personas de un puente peatonal. Frenamos en seco. Del carro rojo salió con sus amigos el pelado gritando “hoy cobras auquénido”. Le ordené a mi chofer con firmeza.
─Quita el seguro.
Sorprendido volteó a verme. Le enseñé mis colmillos.
─Quita el seguro. Y no se te ocurra irte sin mí.
Lo hizo asustado. Abrí la puerta. El pelado soltó la carcajada.
─Cholo maricón. La puta enana viene a ofrecerse por ti.

Los otros dos se habían quedado sentados encima del capó del carro rojo. El pelado era grande y robusto. Debía ganarle la iniciativa. Brinqué directo a su cuello. Le clavé los colmillos. El pelado aulló de dolor. Buscó zafarse. Imposible. Esta noche me había alimentado hasta el exceso. Su fuerza no se comparaba con la mía. La sangre manaba incontrolable manchando su camiseta. Sus amigos se acercaron con una expresión de espanto en el rostro. Sin dejar de morder posé mi mirada en ellos. Lentamente retrocedieron. Tumbé al pelado en el suelo. El convulsionaba. Al parar de moverse, lo solté. Agarré su cabeza y con violencia la desprendí de su torso. Levantándola lamí la sangre que había debajo. Los amigos del pelado huyeron despavoridos en el carro rojo. Tiré la cabeza a cualquier parte y retorné al auto. Mi chofer lucia pálido y con los ojos de sabueso impregnados de terror. Entré limpiándome la boca con la manga de mi casaca y me encontré que ahí dentro apestaba horrible.
─¿Te has meado cochino?
Él balbuceó:
─Por Dios, señorita ¿Qué es usted?
─Me parece que ya te lo imaginas.
─No, no...
─Vamos o ... Tu comprendes ¿verdad?
Con las primeras luces del alba llegamos al cementerio de la policía. Lo hice estacionar en una zona con sombra. Le pagué según lo prometido. A manera de despedida le dije a mi trémulo chofer:
─Jamás aceptes carreras al cementerio.
Después embalé a descansar en mi tumba



DENNIS SANTIAGO GASTELÚ (LIMA, 1978)

Licenciado en Bibliotecología por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Su gusto por la literatura surgió desde temprana edad. Primero, como lector voraz de libros como "El Principito" y "Corazón" , así como las novelas de Julio Verne. Luego, de adolescente, ante el descubrimiento de García Marquez y Jorge Luis Borges de quienes pensó que podía crear sus propios mundos de ficción, una búsqueda en la que todavía continúa. Actualmente trabajo en la Biblioteca de Ciencias Sociales de la Pontificia Universidad del Perú.

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