Algo está a punto de suceder

Javier García Wong Kit

PARÁBOLA DEL TAMAÑO

El hombre cruzó el tabladillo con pasos breves e hizo una reverencia en vez de
extendernos la mano. Se inclinó aterrizando sobre sus rodillas y tomó la palabra. Tenía
una trenza a la que obedecían todos sus cabellos, la frente despejada y un rostro con una
resolución ajena a los tiempos corrientes, que bien ameritaban algún tipo de premura.

Con delicadeza, introdujo la punta de los dedos en los bolsillos de su larga bata sin
encajes y nos entregó a cada uno una extraña figura de papel en miniatura. Luego cerró
los ojos, bajó la cabeza y se mantuvo en silencio por unos segundos, mientras nosotros
continuamos auscultando en la palma de la mano el juguete plegable del tamaño de un
insecto volador.

«El mundo puede reducirse», dijo sin abrir los ojos, «pero solo si cambian los ojos de
quien mira». Todos levantamos la cabeza y lo vimos en distintos tamaños: diminuto, del
alto de un libro, de talla media, agigantado, reducido a una pulgada. «Los problemas
son de un mismo papel», continuó. «Cada uno le da la forma de sus miedos», dijo, y en
nuestras manos todas las figuras quedaron hechas papel arrugado.

Afuera continuaban los bombardeos y nosotros nos figurábamos el mundo que nos iban
a dejar.

VESTIDO

Un hombre se disfraza de chino por las noches. La proeza, si así se la puede llamar, es
similar a la de un actor o un farsante profesional, solo que a él nada lo apremia a verse
como asiático. Durante el minucioso proceso, se calza unas sandalias de madera, se
abrocha hasta el cuello un qipao rojo con vetas doradas, se alisa las pestañas y dibuja

una ligera rayadura en el extremo de sus ojos, se ata la rala —pero larga— cabellera, y
se empolva la cara para lucir más pálido.

Su argucia no estaría completa si no estuviera acompañada por una barba postiza que, ni
bien se coloca, le hace cambiar de postura y actitud. La metamorfosis parece durar solo
unas horas —mientras el hombre realiza su cadencioso paseo por calles vecinas, bajo la
mirada sospechosa de algunos vecinos que creen reconocerlo—, pero en realidad va
más allá. Porque cuando el hombre regresa a su casa, se quita los atavíos orientales y
recupera su habitual aspecto, permanece en él un leve trance de su transformación, que
no llega a difuminarse hasta que se duerme.

Al despertar, pocos podrían percibir la sutil variación de su conducta: una modificación
en la postura de sus labios, la distancia entre sus rodillas mientras espera de pie, la
forma en que descansan sus manos sobre su regazo. Son guiños silenciosos que alivian a
este hombre hasta que llega el anochecer, cuando vuelve a su traje chino, su kosupure 1 y
su paseo cotidiano, que lo somete a un estado de meditación en el cual la realidad le
parece menos sombría que lo que ve en el cielo despejado de su paisaje cotidiano.

Al volver sobre su litera sepulcral, el hombre se va sumergiendo en un sueño rígido en
el cual vislumbra otra realidad, una vida pasada —se podría decir— en la que su vestido
ornamental se confunde con los de otros seres que deambulan por un pueblo árido sin
nombrar. Contempla cada espacio, cada rincón, cada vista, con la sensación de que ahí
se esconde alguna clave para su memoria, pero pronto se resigna al desvarío y aguarda
el humilde despertar. Así culmina su breve tránsito por las tierras que un día lo vieron
nacer y vuelve a la condena de su habitación, su encierro y su paseo autorizado; a la
imperturbable rutina de su bata y su mente en blanco.

PARÁBOLA DEL PERDEDOR

Enseñar a perder es un juego importante, asevera el monje. Se empieza por perder el
temor a perder, adiós vergüenza. Luego se pierde el respeto por los demás (maneras

1 ‘Disfraz’ en japonés. De allí viene la palabra cosplay (nota del autor).

discernibles y modales) y por el resultado de esas restas, que pueden ser materiales o
físicas (pregúntenle a Van Gogh). No hay que olvidar que también se puede perder el
tiempo.

Luego hay que elegir qué perder para hacer de la pérdida el centro de todos nuestros
pensamientos. Se puede elegir algo valioso, algo indefinible, como el sonreír; o algo
que sea insustituible: el agua cristalina, por ejemplo. Entonces te verás sometido a lo
que el monje y otros guías espirituales llaman la abstinencia, el ayuno o la frugalidad.

Después viene lo bueno, asevera el monje.

Hay que perder ideas, pensamientos, aseveraciones. No hay dios ni amor o muerte.
Puedes perder mucho más durante esas cavilaciones; agradece el atajo en el camino de
la perdición. Hay que perder correspondencias. Lo escrito en un libro ya no es de su
autor, ni al cielo le corresponde el azul o al aire la vida. Sigamos perdiendo.

Hay que perder, en forma natural o espontánea, lo que llega por azar, para perder la idea
de destino. Hay que perder las heridas invisibles, el rencor, los sueños que inviten a la
menor posteridad, el deseo de existir. Se pierde peso perdiendo, en ello se basa el
mantra del hara hachi bu.

Una vez que se ha dominado el arte de perder (ir a Bishop, Elizabeth en «One Art»),
hay que perderlo de vista. Y luego, cuando aparezca de pronto, hay que perder el interés
por perder. «Entonces, y solo entonces —sostiene el monje—, se podrá ganar algo en
este juego» —dice levantando una piedra negra y pulida del go para hacer su siguiente
jugada.

MOSCA LUNAR

La mosca volvía, una y otra vez, a posarse sobre la misma coordenada de mi brazo
derecho, como si hubiera olvidado algo. No importaba cuántas veces la espantara de un
manotazo ciego, ella seguía regresando. En un principio, creí que era una casualidad;
luego, su obstinación me pareció muy animal. Lo peor era que cuanto más me esmeraba

en aplastarla en su repetida ubicación, más rápido volvía para demostrar mi imbatible
incompetencia. Por fin, logré darle y la maté.

No volví a pensar en el asunto hasta que otra mosca cruzó, desafiante, frente a mis ojos.
En un acto instintivo, oculté con la palma de mi mano la parte de mi brazo derecho tan
acechada, pero la mosca se desvaneció —siempre he creído que las moscas tienen la
capacidad de hacerse invisibles—.

De repente, vi en mi brazo un minúsculo lunar verde olivo que parecía relucir. Cuando
le acerqué una lupa, parecía moverse como un animal moribundo. No culparé a la
mosca; creí haber visto antes esa mancha, imperceptible a primera vista. Pero de pronto
entendí eso que llaman transmigración. Acucié la mirada y luego levanté los ojos, mis
miles de ocelos, que detectaron al resto de mis compañeras flotando en direcciones
múltiples en busca de comida. Volé.

PARÁBOLA DEL VENDEDOR

Un hombre vendió quince veces la Plaza Mayor. La historia dice que, quienes pagaron
por ella, lo consideraron una ganga. Desde entonces van a barrerla, a regar sus flores y a
sacudirle el polvo a la estatua del mártir. No hace falta más que un optimista para
cumplir un sueño.

VECINOS ESPEJO

Descubrí la relación de similitudes por una leve coincidencia. Cuando me dirigía a
tomar el ascensor de nuestro departamento, encontré olvidadas en el suelo unas medias
rayadas con los colores del arcoíris. Mi hijo tiene un par igual, pero estaban en ese
momento en el bolso de mano color café con el que lo llevábamos a pasear. Lo que me
extrañó no fue la casualidad, sino el hecho de que también estuvieran anudadas por el
medio, un gesto en el que me reconocí perfectamente, y tuve un sentimiento de suave
simpatía por la nueva vecina.

Los días siguientes olvidé el tema de los calcetines hasta que encontré un par de cajas de
pizza en el bote de basura que compartíamos por piso. Algo me hizo pensar que debió
de ser ella quien bajó a depositarlas luego de limpiar su cocina, igual que ahora lo hacía
yo. De manera inconsciente, empezaron a llegar, como flashes, recuerdos que
destellaban con un mismo patrón: la repetición de nuestros actos y costumbres con los
recién llegados inquilinos.

Mi esposo aportó señas a la confusión: cuando él se bañaba todas las mañanas, alguien
en la ducha del piso superior también abría la llave. Creyó notar que la tetera con agua
caliente silbaba al unísono con una lejana y, si bajaba el volumen de la radio, podía
oírse el eco de la voz del locutor del mismo programa que escuchábamos. Incluso él
creía haber visto al vecino cuando dejaba a su hijo en la misma guardería a la que
llevaba a nuestro pequeño.

Esbozamos la teoría de los vecinos espejo mientras nos poníamos cómodos en la salita
de estar, luego de que nuestro hijo se hubiera quedaba dormido —casi podría asegurar
que oí una sandalia caer en el momento en el que descalzaba mis pies—. Aquello no nos
parecía gracioso, pero era menos fatídico que lo que ocurrió con los últimos vecinos,
antagonistas de nuestros gustos y cuyas fiestas coincidían con las horas de desvelo por
el llanto del bebé.

Los muros delgados nos ayudaron a descubrir que ellos alentaban al mismo equipo de
fútbol que nosotros; la cadena del baño, a certificar que uno sufría de insomnio igual
que yo; y sus bolsas de basura, a comprobar que compraban los víveres en nuestra
tienda. Cuando hacíamos el amor, tratábamos de aguzar los oídos sobre el quejido de
nuestra cama para saber si ellos hacían sonar el catre al mismo ritmo o a uno más
placentero. La imitación nos obsesionó al extremo de dejar de hacer las cosas por
instinto: antes de cualquier acto, nos preguntábamos qué podían querer hacer ellos.

Hace tiempo que no vemos ni sabemos nada de los vecinos espejo. Nuestra convivencia
se oculta de una secreta manera que es casi perfecta. Simétrica. Incluso ayer sentí cierto
alivio cuando en la camisa de mi esposo encontré una mancha de labial de mi color
favorito que sé que no dejé impregnada cerca de su cuello. Busqué en mi gaveta de

cosméticos e hice un breve repaso por mi boca con el rosa palo. Hace tiempo que quería
conocer al vecino.

LINAJE

Como nunca tuvo hijos, se dejaba picotear por los mosquitos. Después de todo, alguien
debía llevar su sangre.

ALGO ESTÁ A PUNTO DE SUCEDER

Los turistas llevaban ahí demasiado tiempo como para ahora tener que irse. Al igual que
los otrora entusiastas espectadores, inversionistas y especuladores, todos aguardaban un
milagro que proviniera de aquella flor, de aquella planta que —durante siglos— había
contemplado una casta de sabios chinos, quienes aseguraban que, cuando aquel jardín
diera una planta y a aquella planta le brotara una bella flor, los sobrevivientes serían
testigos de un acontecimiento asombroso.

Por eso, desde la tarde en que la planta dio su primera flor se vio rodeada de una
inimaginable corte de espectadores que se fue acrecentando aun después de la muerte
del último sabio chino —nacido, por casualidades del destino, en Japón—, que dejó
dibujados unos kanjis incompletos, esbozos de un haiku que nadie supo traducir. Solo
un leve temblor de la flor común le da movimiento a ese cuadro vivo del cual todos
esperan un prodigio.

Ya las filas han agotado su esperanza: unos se han ido, otros esperan; nuevos llegan
solo para preguntar, y la expectativa sigue creciendo como una planta invisible que
nadie contempla. Y siempre parece que algo está a punto de suceder entre los parpadeos
de mares, cielos y bosques de ojos de hombres y mujeres que aguardan, con fantástico
desdén por sus propias vidas, que algo maravilloso suceda.

P
P

Javier García Wong Kit

Periodista y docente universitario. Magíster en Gestión Cultural por la Universidad de Piura. Es editor de la web Discover Nikkei para textos en español y colabora con la revista Kaikan, de la Asociación Peruano-Japonesa. Fundó la revista cultural digital Otros Tiempos. Ha editado el libro de crónicas Tentaciones narrativas (Redactum, 2014) y el libro digital De mis cuarenta (ebook, 2021), diario personal.

maestria.escrituracreativa@pucp.edu.pe
Formulario de Contacto
Síguenos en:
Archivos NN →
Hecho con 
 Booster Perú