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Alejandro Neyra

(Lima, 1974) es escritor, abogado y diplomático. Estudió Literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y Derecho en la PUCP, y cursó posgrados en Diplomacia y Servicio Internacional. Su obra combina narrativa histórica, cuentos y ficción política.

Es autor de la saga CIA Perú (1985-1992), del libro de cuentos Biblioteca peruana, de la novela 1821. El año de la esperanza del Perú y de Mi monstruo sagrado, con la que ganó el Premio Copé 2019. En paralelo a su actividad literaria, ha ejercido cargos culturales de primer orden; así, ha sido director de la Biblioteca Nacional, ministro de Cultura y, como diplomático, ha representado al Perú en organismos internacionales. Su escritura examina la identidad peruana desde los intersticios de la historia, la memoria y la ficción, donde lo público, lo político y lo colectivo se entrelazan con lo íntimo.

Alejandro Neyra
El secuestro
La Vida Instrucciones de Uso

Creo que una de las principales razones para escribir ficción tiene que ver con la posibilidad que da la literatura de escapar de la realidad. No necesariamente fugar de esta –no se trata de negarla tampoco–, pero sí de encontrar, con creatividad, formas mejores de hacerla llevadera y (sobre)vivir en este valle de lágrimas. En el punto de la creatividad, me parece fundamental mencionar lo que hizo el puñado de franceses que formaron el grupo Ouvroir de Littérature Potentielle (OuLiPo), y en particular la novela de un autor que me permito recomendar vivamente.

Este Taller de Literatura Potencial, formado originalmente por François Le Lionnnais y Raymond Queneau, era heredero del surrealismo y, mirando aún más lejos en la historia de la literatura occidental, de la Patafísica, la ciencia de las soluciones imaginarias, creada por el excéntrico Alfred Jarry en los albores del siglo XX. Estos movimientos buscaron romper con las estructuras de la literatura tradicional, experimentar creativamente con el lenguaje y, casi siempre de forma satírica –hasta llegar muchas veces al absurdo–, proponer soluciones o nuevas formas de afrontar la vida cotidiana a través de lo literario.

En el caso del OuLiPo, hay un elemento diferenciador: la experimentación con las matemáticas y con la ciencia o, más precisamente, con la probabilística. Frente a los juegos literarios de encontrar algebraicamente palabras en el diccionario –ya utilizados por los surrealistas–, los miembros de este taller se autoimponen «restricciones» para desarrollar su escritura. Estas van desde, por ejemplo, no utilizar una letra al componer un texto –como La disparition, que prescinde la letra “e”, la más común en francés– hasta repetir textos bajo consideraciones numéricas (cambiar una o varias palabras bajo una fórmula, como puede ser n + 5, que obliga a usar la sexta palabra siguiente en el diccionario para componer un nuevo texto).

Si bien es cierto que hay grandes exponentes del OuLiPo –como el propio Queneau o el imprescindible Ítalo Calvino, cuya Si una noche de invierno un viajero es considerada parte de la tradición oulipiana–, probablemente el miembro más genial del grupo fue Georges Perec, un hombre dedicado en cuerpo y alma a las letras y a la experimentación. Su novela La vida instrucciones de uso –que juega con la noción de construir un «manual» para la vida y que le tomó diez años de trabajo en los que se autoimpuso diversas «restricciones»– es un magnífico ejemplo de creatividad, dedicación y, sí, genialidad.

Esta novela totalizante responde a un cuidadoso diseño. Se dedica a describir la vida de los habitantes de los 100 espacios –habitaciones, zaguanes, escaleras, sótanos, buhardillas– que conforman un edificio parisino –el 11 de la calle Simon-Crubellier, del barrio de la Plaine Monceau, en el distrito 17 de la ciudad–, en el cual la voz que narra va saltando de un lugar a otro como si fuera un caballo de ajedrez. No solo eso: Perec hace un listado de nombres comunes y propios que debe obligatoriamente incorporar en los capítulos/habitaciones, a veces incluso al revés o con determinada disposición particular. Son más de 1500 personajes y una cantidad mayor de objetos que deben distribuirse bajo el algoritmo que permite ubicarlos en un bicuadrado latino ortogonal de orden 10. Descuiden si no conocen a Euler ni las ecuaciones avanzadas; solo imaginen esos 100 espacios en un tablero de 10 x 10 en el cual irán encontrándolos aparentemente al azar, pero en realidad bajo un cuidadoso orden «oulipiano» o ya de plano «perecquiano».

La propia narración mezcla a artistas que participan en un proyecto de por sí extraño: el primero pinta marinas en diferentes lugares alrededor del mundo –incluyendo Puerto Eten, en el Perú– y las remite a la casa ya mencionada en París, donde otro artista las convertirá en un rompecabezas que luego deberá armarse perfectamente para reconvertirse –mediante un procedimiento químico– en otra marina y así continuar el juego del eterno retorno (del arte).

Todo esto es solo parte de un curioso artesonado que uno puede o no seguir, o comprender, y cuya construcción le costó a Perec diez años de su vida. Así como en la ya mencionada La disparition –vale la pena mencionar que, para publicarla en español como El secuestro, los traductores debieron hacer desaparecer la letra “a” en lugar de la “e” como estaba en la versión francesa, lo que les valió un premio al esfuerzo– Perec construye un largo lipograma; luego, en Les Revenentes juega con lo contrario, repitiendo la vocal “e” hasta el hartazgo. En La vida instrucciones de uso el autor nos conduce en un juego que se desarrolla en diversos tableros de comprensión y significados –muchas veces ajenos a la trama misma del texto–, que van mucho más allá del argumento formal de las vidas entrecruzadas en un edificio moderno.

En cualquier caso, vale la pena agregar que, con justicia, esta novela ganó el Premio Médicis y se convirtió de inmediato en un clásico moderno presente en casi todas las listas de las mejores obras del siglo XX. Personalmente, no encuentro un mejor ejemplo de lo que es, en verdad, literatura, genio y creatividad. Como colofón, debo decir que, lamentablemente, Georges Perec falleció en 1982, apenas con 45 años, por culpa de un cáncer de pulmón, pero cuenta con varias otras genialidades disponibles, entre las que recomiendo especialmente El viaje de invierno (Le voyage d’hiver) y El gabinete de un aficionado (Un cabinet d’amateur).

Así que, si han llegado hasta aquí sin haber leído aún La vida instrucciones de uso, o alguna otra obra de Perec, dejen todo lo que están haciendo y vayan a buscar la novela de ese genial bibliotecario y cronista francés. No se arrepentirán.