UN LUGAR PARA RESPIRAR

Cesar Nelson Díaz Yamaguchi

UN LUGAR PARA RESPIRAR


a mi madre

Cuando Milagros se enteró que su esposo se acostaba con una de sus secretarias, rompió los pasajes que había comprado para un viaje al extranjero que serían la sorpresa por sus bodas de plata. Sentada al borde de su cama, frente al espejo, sus cincuenta y tantos años cobraron una espesura extraña, como si desde el fondo de su sombra, su propia mano la tentara a rendirse, a desaparecer. Observó su cuerpo con odio. Asco. Cada día más viejo, magullado e inútil: la cicatriz de la cesárea como una sonrisa y los kilos de más que forzaban la proporción de su abdomen. Por dentro la crueldad era peor. Los pólipos en el útero que de ginecólogo a ginecólogo crecían, la osteoporosis que la hacían temblar de dolor y la menopausia que quemadas sus sueños. ¿Por qué ahora, después de tanta vida, lo cotidiano revelaba su fractura más obvia? ¿Por qué cada una de las piezas que había colocado, orientado y reparado con sumo cuidado, perdían su lastre y la soltaban? Se levantó y pensó en lo que debía de hacer. Nadie le enseñó si tenía que dejarse llevar por la cólera de una traición, llorar o aceptar la aflicción como una enfermedad que siempre había existido en ella desde su nacimiento. Se sofocaba como si el aire alrededor tratase de arrancarle la piel. Dio vueltas alrededor de su cama, luego salió al pasillo y se lavó las manos una y otra vez. Sucia, cochina, asquerosa. ¿Había sido distinto antes? Buscó su álbum en uno de los cajones y sacó una fotografía en la que posaba con sus tres hijos, aún pequeños, durante un viaje cerca de una playa. No recordaba por qué su mirada en se desviaba curiosa hacia el marco del encuadre y sonreía despistada. Ya no era la misma. Llevó la foto a su regazo. Y a pesar de que trató, las lágrimas no brotaron. No tenía nada dentro: estaba vacía. Cogió de su armario una de las mochilas de viaje y comenzó a empacar su ropa. Tomó todo lo que tenía valor en casa, las tarjetas de crédito y tiró su teléfono celular al inodoro. Antes de salir, casi por instinto, comprobó que el gas estuviera apagado y desenchufó todos los electrodomésticos. Luego salió de casa y subió a un taxi. Estuvo viendo la ventana todo el camino. La calle le parecía muy lejana, la noche, muy pequeña. Su esposo quizá estaría regresando ya a casa y no la encontraría. O tal vez, como muchas otras veces, la llamaría y le diría que regresaría tarde por el trabajo. Pero Milagros sabía que estaría con esa otra mujer mucho más joven, los senos más firmes y dulces, besándola a ella, desnudándola, susurrándole con su cariño: eres mejor que esa cojuda de mi mujer. La lluvia la interrumpió. Le pidió al conductor que apagase la radio, quería oír el ruido exterior, la bulla la tranquilizaba. No tardó en llegar a la terminal terrestre: compró un ticket al primer lugar que cruzó su mente. No durmió durante el viaje. Invadida por la imagen de su hogar abandonado, miraba de un lado a otro. Cerraba los ojos, solo para encontrar en la profundidad de sus párpados el rostro de su esposo, los de sus hijos. Acariciaba su pecho. Metía sus dedos entre las costillas e intentaba penetrar dentro, muy dentro. Un hoyo: nada. Su mano se perdía en la inmensidad de un cuerpo que se corrugaba como un trozo de papel. Y apenas sentía algo. Fuera, la noche le impedía descubrir cuál era el rumbo que por pura casualidad había escogido. Solo notaba que el bus subía despacio, que el aire se liberaba poco a poco de su peso y que el trayecto parecía alzarse por encima de las nubes. Llegaron por la madrugada. Milagros bajó del bus y se encontró con un pequeño descampado en donde había varias carpas. Hacia los lados se alzaban las faldas de dos cerros y al frente, el borde de un acantilado que acariciaba el horizonte. Amanecía. El cielo cobró una tonalidad turquesa y con las nubes que se doblaban como rulos, parecía más un océano desplomándose sobre ella. Caminó hacia el precipicio y allí sintió bajo sus pies la verdadera profundidad del mundo en el que por tanto tiempo había vivido. Era la misma tierra donde jugó de niña. ¿O era todo distinto? Nunca antes había estado en un lugar tan alto. Las personas empezaron a levantarse y reunirse alrededor del alba. Milagros notó que estaban atentos al firmamento. Cuando alzó la vista se encontró con varias estrellas de diferentes colores. Una porción de la vía láctea también se asomaba desde un costado. Luego, mientras el sol cobraba más fuerza, justo en el centro de su vista advirtió un pequeño lunar de fuego. Un planeta que ardía. Venus. Cometas fugaces. Se estremeció y pidió un deseo. ¿Cómo será ver la Tierra desde allí arriba? Tomó el siguiente bus de regreso. Apenas llegó, subió a otro que la llevaba a la selva del país. Por varios días estuvo viajando en una lancha, a través de un río que partía a la corteza terrestre en dos. Durante las noches se recostaba al aire libre y buscaba a Venus sobre ella, mientras se ofrecía como alimento para los insectos. Intentaba trazar su propio rostro en el zodiaco como si fuese un espejo. Trataba también con el de sus hijos, si lograba recordar cómo eran. Al tercer día, la alergia había curtido por completo su cuerpo. Sus párpados hinchados no la dejaban ver y apenas lograba moverse. Hasta que una tarde, la del desembarco, los zancudos se reunieron alrededor de ella y cubrieron su cuerpo sin atacarla. Cuando Milagros se levantó, uno a uno, los mosquitos fueron cayendo alrededor de sus pasos, en señal de despedida, revelando que el cuerpo que cubrían se había sanado por completo. Cruzó la frontera y se embarcó rumbo a un nuevo país. Caminó sola por la misma carretera durante un mes. Descansaba hacia un lado, a pesar de la lluvia y los truenos que azotaban su espalda. No comía. Adelgazó. Su piel cada día más seca y oscura comenzó a marcar sus músculos, venas y articulaciones. Una tarde un rayó fulminó su cuerpo. La ropa que llevaba se quemó, ella no. Atravesó el último desierto sin una gota de agua, desnuda. El cabello, las cejas y pestañas se le cayeron de tanto calor. Al ocaso, cuando la temperatura le permitía un atisbo de cordura, se detenía y comprobaba que los planetas siguieran allí, respetando la misma inercia que había señalado su rumbo. Levantaba los brazos y trataba de abrazarlos. Su cuerpo se estiraba sobre la atmósfera y, como si se tratase de un camuflaje, perdía su opacidad hasta ser del mismo color que la noche. Entonces recordaba a su familia, la única fotografía que había llevado consigo. ¿Qué había visto esa tarde de vacaciones para levantar la vista y arruinar la toma? Por mucho que los extrañaba, que la nostalgia la devastaba hasta ser solo arena, aún no conseguía llorar. El tiempo aún no la perdonaba. Poco después de un mes de su peregrinaje llegó al puerto. Pidió si se podía incorporar a cualquier barco que la llevase a algún continente ajeno al que se encontraba. Una embarcación pesquera la aceptó. Era época de tormentas. La violencia de la marea no la asustó y durante los peores momentos salía a cubierta, se amarraba con una soga a la barandilla y dejaba que el agua la golpeara. La espuma y el viento la carcomían, le comprobaban una y otra vez que la carne y hueso que cargaba eran solo agujeros, fracturas. A solo una semana de llegar a la bahía de destino Milagros se lanzó al mar. Buceó durante varias horas sin necesidad de un equipo especializado. Descendió varios cientos de metros hasta encontrarse con la ausencia absoluta de luz. La oscuridad la diluyó por completo. Era el fondo del abismo, todas esas partículas que conformaban el inicio y el fin del universo se sedimentaban dentro de ella, como si fuese un recipiente. Una simple cáscara. Poros, ósmosis. Luego de varias horas la marea la hizo subir a la orilla. La brisa le devolvió parte de sus sentidos. Sin entender por qué, buscó un hotel, el más lujoso. Pagó por adelantado su estadía y en el bufet comió como nunca antes. Ya en su cuarto tomó una ducha y con la bulla del televisor se quedó dormida por quién sabe cuántos días. Se despertó al oír que una tripulación de tres astronautas había aterrizado en Marte. La noticia la excitó. Analizó con cuidado los cohetes, cascos y trajes. Corrió hacia la ventana. Venus de nuevo. El espacio, el otro fin del mundo. Ya había atravesado lo más peligroso de cada región y solo le restaba esa porción de universo, su completa libertad. Ese mismo día buscó a un mecánico de autos y le solicitó que le diseñara y armara un motor. Ante la insistencia de Milagros no le quedó más que acatar sus pedidos. Trabajaron juntos toda la noche. Por la mañana estuvo listo el pequeño cohete que la llevaría fuera de la exósfera. Improvisó un casco con una pecera que encontró en un basurero y como paracaídas usó un paraguas roto. Ya lista con su traje, subió al techo del edificio donde se había hospedado. Vio por última vez la foto en la que salía con sus hijos. Sonrió. Jaló la cadena del propulsor y el fuego brotó como un estornudo. La levantó unos metros. Por unos segundos se mantuvo en el aire y sintió que al fin conseguiría llegar más y más alto. Subió de a pocos. La gente que caminaba debajo de ella vio aparecer la sombra de Milagros sobre ellos. Entonces, cuando bajó la vista para comprobar la altura, se vio a ella misma, junto a sus tres hijos, posando frente a una cámara. Su propia mirada coincidió con sus ojos. Y perdió la estabilidad. Milagros pataleó el aire y aleteó sus brazos, tratando de recobrar la dirección inicial. Fue en vano. El peso cedió y su cuerpo dio la vuelta. El paraguas tampoco funcionó. Cayó en medio de la vereda, su cabeza reventó contra el suelo. Entonces sintió de nuevo su pecho, la respiración. El corazón que tanto había extrañado dentro suyo. El sudor, la sangre. Y por encima de todo, el dolor. El cariño de su padre y su madre, los besos de sus hijos, sus futuros nietos que no conseguiría abrazar. Las personas que nunca conoció. Sacudió las piernas y trató de moverse. Y buscó entre la multitud a esa Milagros de hace décadas, aún inocente. Se arrastró un par de metros hasta que la encontró con la mirada. Y gritó su nombre una y otra vez. Pero la única reacción que obtuvo fue que, entre el calor de la playa y sus lágrimas, el espejismo iba huyendo en un gesto indiferente de felicidad.



CÉSAR NELSON DÍAZ YAMAGUCHI (TOKIO, 1995)

Cursa la carrera de Literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, Lima. Ha trabajado escribiendo mangas, cómics y novelas visuales. Su cuento «Por siempre bella» fue seleccionado para el I Recital de Cuentos Cortos «Nuevas Letras en el Aire». A finales del año 2021, publicó su primer libro de cuentos: Sombras sin cuerpo (Lima: Editoral Vida Múltiple).

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