Nueve Relatos

Dos relatos calle (pero elegantes)

Tirso José Causillas Fonseca

*

Manito, ya no doy más. Ya no la hago, mano. Ya finiquité. Ya boté la merca al wáter, agravié a mis hermanos, le di la espalda a Jesusito. Ya no puedo, manillo. Tú eres de la concha su madre. Escuchas. Yo soy la peor mierda de las mierdas. Estoy más abajo que la última rata, que la última cucaracha. Ya toqué fondo. A mí no me parieron, webón, a mí me cagaron. Por eso salí así, pe. Deforme. Pero de la peor manera: deforme del alma, webón. Deforme de la cabeza. Errar es humano, pero yo hice del errar mi profesión. Estoy en el mal camino desde que salí del ano de mi santísima viejita. Ya no tengo remedio, mano. Ya nadie me arregla. Maranga y Lurigancho me han cagado el cerebro, me han vuelto un demonio, pe. Y ya, esto es lo último. Después de esto, ya no queda más qué cagar. Mano, soy una caca. Soy una cagada. Un cagadón. Después de esto, de esto que te estoy hablando / Ya, calla, mierda, respondió Pedro. Si ni estabas manejando, imbécil. / Yo sé. Pero era parte de la operación. Mi culpa compartida. Tú eres un descorazonado o te guardes la culpa. Eso no hace bien, manito. Cuando uno se guarda los sentimientos, luego regresan como rayas. Como ternas. Si, webón, cuando uno guarda los sentimientos, regresan encubiertos. Si sabes ver, si eres mosca, te das cuenta. Son ternas, webón. Vienen a cagarte. No te van a tratar bonito. Y yo, esta culpa que siento no se la deseo a nadie, webón / Entonces deja de implicarme / ¿Implicarte? ¿Qué hablas, manito? / Repitiendo la misma cojudez / Implicado, que yo sepa, estás desde siempre. Tú eres el de la moto, yo soy el del fierro. Siempre ha sido así. No sé por qué ahora vienes a hacerte el pendejo. No sé por qué vienes a hacerte el desentendido. No sé por qué ahora vienes a decirme que no te implique. Puta, si no quieres implicarte, no te prestes. Y no prestes tu moto. No manejes. No aceptes chambitas. ¿Estás trabajándome la mente? ¿Me quieres cagar? Si me quieres cagar, dímelo. No me andes con mariconadas mientras yo te abro mi corazón, dijo Pablo, mientras se llevaba la mano al revólver / Agarra ese fierro y métetelo en el orto. Te estoy hablando de que me implicas en tu culpa, baboso de mierda, dijo Pedro, mirando a Pablo a los ojos / Me he cruzado. Estoy pal orto. Manito, disculpa.

Pedro tomó por el hombro a Pablo y le explicó que, en su línea de trabajo, las vidas tenían precio, y que, por tanto, la culpa era algo con lo que había que lidiar. Es mejor no pensar en eso. Sin embargo, continuó Pedro, esta noche era evidente que Pablo estaba desplazando ese peso en una estupidez. Después de tantos muertitos en su lista, le dijo amablemente, no era posible que se pusiera así por atropellar a un perro. Peor aún si se trataba de un accidente. Le recordó la situación: una chamba muy fácil. El marcado tenía una novia en Jesús María. Se les proporcionó la dirección y la hora. Se presentaron. Esperaron mientras el marcado y la jermita hacían lo propio. Luego, el marcado salió feliz. Se acercaron con la moto y Pablo se lo bajó de un solo tiro en la cabeza. Todo limpio. Luego, la picaron. Y, por desgracia, un perro estaba cruzando la pista y se lo bajaron también. Un accidente. Debería darle gracias a Dios de que la moto no saliera volando con ellos por el impacto. 

Es que eso es lo más raro, manito. Sentí que atravesamos al perrito como si fuéramos una chaira. ¿No te parece que lo más lógico hubiera sido que saliéramos volando por el choque? Esto me muñequea. No tiene lógica. Además, tú te equivocas al jerarquizar las vidas así / ¿Jerarquizar? / Poner las vidas en jerarquía, pes, hermano. Un perrito es inocente. El marcado, en cambio, se lo habrá buscado, pe. Por algo nosotros entramos en acción. ¿O me vas a decir que vamos por ahí disparando por las webas? No. Lo nuestro es limpio. Como dijiste. Pero ese perrito… Creo que era cachorrito. No se merecía que lo chanquemos. No me digas que no iba manejando, manito. A ti te importará una mierda, pero a mí no. A mí me caga. Me hace pensar en todo. Me hace darme cuenta de lo bajo que he caído. Tengo que volver al buen camino. Pagar mis culpas. Mejor me voy a Chile, manito. Y me busco la vida bien. Me consigo chambitas. No sé. Me alejo de los problemas / Pedro sonrió. Oye, Pablito. La hembrita del marcado era una chilenita. ¿No será que, en el fondo de todo, muy en el fondo, solo quieres cacharte una chilena y vengar al Huáscar?

Pablo abrió los ojos, sorprendido. Después de un largo silencio, se cagaron de risa. 

**

Tengo un problema, manito. Una adicción: me arrecha parar peleas. Separar gente. Cachorrear tormentas. Y es un problema, pe. Me he tenido que mechar un culo de veces por esto. Cuando veo a dos webones gritándose por las webas, me da un subidón, así como si fuera a cachar, manito. Puta, se me mueve el culo, webón. Se me contrae el orto. Y salto / A ver, carajo, ¿por qué tanto grito? / Oh, ¿tú qué chucha te metes? / Me meto porque estás en la vía pública, pues, hermanito. Hay chibolitos saliendo del colegio, parejitas calentándose. Todo esto lo estás interrumpiendo con tu violencia, pe / Y me quedo conversando, haciendo lo posible. Todo lo que un humilde servidor pueda entregar para detener a ese par de energúmenos asociales sin una pizca de elegancia. Pásate la jarra, mano. Que lean. Aunque sea un libro. Esos concha de sus madre que no entienden ni mierda de lo que es el encauzamiento de la violencia mediante el arte en nobleza, en hermandad. Te voy a decir la verdad, manito. A mí me parece que los que se pelean son pedazos de mierda. Por eso huelen. 

Y el olor es una cuestión de feromonas y las feromonas están en el aire, esperando. 

Es una adicción. 

La noche en cuestión, estaba en un fiestón en La Molina. Una blanconcita perreadora que levanté en Vichama me dijo para bajar y bajé, pe. Pelirroja. Con pecas por todos lados. ¿Qué hacía en Vichama? Era de la PUCP; una antropóloga que quería enterarse de cómo era ser marrón y vivir de antro en antro. Puta, que rico. A mí no me vengas con culos ignorantes. A mí solo con culos que paren su letra: socióloga, filósofa, artista, actriz, lingüista, literata, politóloga. Al final, todes somos unos marranos en el cachadero. Es la ley de la vidé, hermanité. Pero nada más rico que la sensación pijamosa de una letrada que usa su skincare de marca, pe. Lo mejor de la burguesía son sus vinos y sus mujeres, hermanito, te la regalo pa tu libro. Salvo el poder, todo es ilusión, y no hay más poder que la cama. Otra pa tu libro, de mi autoría. Aquí donde me ves, paro mi letra y sé dónde estoy parado. El día en que el pueblo se harte, yo ya voy a estar armado. 

Ahora, imagíname con toda mi elegancia en un jatón con piscina en La Molina. A la firme, que yo ya estaba chequeando para volver y llevarme un par de televisores. Hasta le habían sacado el agua a la piscina para que la gente bailara y habían puesto escaleras y una barra y luces psicodélicas para la pista de baile/piscina. Una locura, webón. SONABA SOY UNA GÁRGOLAAAA ¡Reguetón de mi época! Era el cielo y yo era UNA GÁRGOLAAAA de noche salimos pa deshacer, las mujeres se dejan envolver. SOY UNA GÁRGOLAAA y lo que veo no lo creo, ella rompe bien la cintura y, ufff, soy una gárGOLAAA.

Y ahí, en medio de tanta gente linda, un pelado violento gritándole a su flaca. Uy, como me picaba el orto. Es una adicción, manito. Ahí estaba perreando con mi culito pecoso, pelirrojo y letrado. Y, entonces, veo a ese pelado gritándole a su flaca y a la gente alejándose cobardemente y haciendo como si nada. Pelado de mierda. Pero el culito pelirrojo estaba ahí. Pero el pelado. CONCHA-DE-SU-MA-DRE. Y el culito quería subir a un cuarto a escuchar más de mi vida precaria y de mis ideas leninistas, anarkosindicalistas y, de paso, rasurarme la pinga con su lija pelirroja. Puta madre. No era el momento de saltar / ¡Soy una gárgola! / Pero el pelado hijo de puta empuja. Su flaca responde con una cachetada. El pelado la agarra del brazo. Ella grita. No hay nada peor que la violencia de pelados. Ser pelado es una afrenta contra el orden social. Se rapan para despojarse de su humanidad, para mostrarse agresivos. Un pelado siempre, siempre, siempre tiene un facho de mierda en el corazón. Y, este en particular, estaba haciendo llorar a su jerma. 

Inaceptable. 

Salto. 

Se cagó el pelado. Soy un cuchillo caliente. La gente se aparta como mantequilla. La gente se derrite, manito. Aparto a la flaca del pelado. Sus ojos de la flaca parecían ojos de gato de chifa que saluda. Frente a mí, un pelado blanco genérico que me llevaba dos cabezas. Un vikingo, webón. Me coloqué entre él y su flaca.

Me reventó la cara. 

Tas, webón. 

Dada la cantidad de sangre, supe que los actos impulsivos del pelado ameritaban un acercamiento más intenso. Yo era de piedra (era una gárgola). Salté hacia él.

Resulta, manito, que el jatón era tan, tan jatón que tenía piscina olímpica. Te lo juro por mi madrecita que se muera y se vaya al infierno y sea injuriada por los demonios. Seis metros de caída. Pero yo no me iba solo. Me agarré de los brazos del pelado y, con un giro elegante, me lo llevé conmigo. Y ahí empezó mi desgracia. El pelado se cayó de pelada. Se rompió la cabeza. Todo el mundo vio sus sesos. Crimen in fraganti, concha su madre. Más de trescientos testigos. Así que no me quedó otra que sacar mi fierro, disparar al aire y gritar / ¡Todo el mundo al piso, carajo! ¡Se me calman todos ahorita! / Obviamente, se fueron al piso. Hasta escuché a un gringuito llorar. / Se me tranquilizan o me los bajo como al pelado. Despacito, manos sobre la nuca. Ojos cerrados y respiren profundo. Tú, flaquita, mejor serénate o te saco los sesos como a tu macho violento. No quiero ver cabezas arriba. Pecho a tierra, manos sobre la cabeza. Si veo a alguien levantarla, la reviento como un grano. / Otro tiro al aire. / ¡Se me relajan o esto va a terminar peor que colegio gringo! 

Nadie se movía. 

Me empezó a temblar el párpado. 

Inhalé. Exhalé. 

Tuve la sensación de que nos habíamos convertido todos en piedra. 

Menos mi párpado inferior izquierdo.

Tiembla. 

No más música.

No más juegos. 

Silencio.

Soy una gárgola.

Y así, con mi fierro en mano, salgo de la jato en un estado de inmenso sosiego.

Tirso José Causillas Fonseca

Licenciado en Creación y Producción Escénica por la PUCP. Teatrista e investigador en artes escénicas y política, con experiencia en producción y gestión cultural. Como creador escénico, ha participado en diversas piezas como Financiamiento desaprobado, Juzgado de Familia número 6, Mudarse de sí (pollito con papas), entre otras, en los roles de director, actor y dramaturgo. Como investigador, ha participado en diversos congresos internacionales y en procesos de investigación-creación orientados a pensar-hacer política desde el arte escénico.

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