LUGARES LITERARIOS

Desde la no ficción, el estudiante de la MEC de la PUCP Jorge Malpartida presenta un lugar literario: el Mercado Central. Lugar representado en la obra Gaijin, de Augusto Higa Oshiro.

Mercado de Ilusiones

Escrito por Jorge Malpartida Tabuchi

I

Agua, agua helada, Fanta, Coca, agua, agua helada.

El vendedor vocifera mientras arrastra su carrito metálico cargado de botellas bajo el sol furioso de la una de la tarde.

Agua, agua helada, agua.

Ahora avanza por el jirón Ucayali, entre la maraña de peatones y ambulantes que se abren paso hacia el Mercado Central. Llega a la esquina de Ucayali con el jirón Ayacucho, frente a la mole de cemento por donde circulan carretillas con frutas, papas y verduras. Es un rincón de ebullición comercial, de subsistencia y sudor.

A esta misma esquina, un mediodía caluroso de 1923, llegó también Sentei Nakandakari, el protagonista de Gaijin, para iniciar su brutal carrera como vendedor ambulante en el centro de Lima. En la novela de Augusto Higa, el migrante japonés Sentei se instala en la ciudad para escapar de la indigencia. Poco a poco, con astucia y arrogancia, empieza su ascenso en las calles. Primero, domina su esquina como mercachifle, luego inaugura un bazar en Mesa Redonda y, por último, para enrostrarles su desprecio a sus paisanos y lugareños que lo ningunearon, abre un burdel en la calle Paruro.

Así llegaba el escabroso forastero, para bien o para mal, con sus pómulos mezquinos, los ojillos asiáticos, el rostro férreo, la presencia tenaz, y nadie se percató de su existencia, ni nadie examinó sus trazas, ni nadie se dio cuenta de su estilo rumboso, porque era un cualquiera, y a esos tipos no se les concede importancia [Gaijin,Página 10].

Esta tarde de diciembre del 2021, en plena antesala navideña y bajo un cielo limeño extrañamente despejado, no hay ningún emprendedor japonés en la esquina del jirón Ayacucho; pero sí está José López, un migrante venezolano enfrascado en su propia historia de ascenso económico. A diferencia del personaje de Higa, él ha incursionado en un oficio más pacífico. Desde las 7:00 a. m., trabaja en un puesto callejero de jugos. Exprime naranjas, sandías, piñas, y vende cada vaso a dos soles. Dos soles para aplacar el calor de la tarde.

—Con esta pandemia, la economía está lenta; va lenta, pero segura, y con la fe en Dios.

Con esa fe se queda hasta las seis de la tarde, exprimiendo, vendiendo, sudando. En su esquina nunca faltan clientes y siempre regresan porque atiende «todo limpio, todo rápido, todo fino». Hace dos años que no se mueve de este lugar, el mismo que ocupó en la ficción Sentei Nakandakari. Ahí, de cuclillas sobre una plancha de madera, el japonés despachaba las calcetas, blusones y sandalias para su clientela. Quizás no sea el mejor lugar, porque —como Sentei— José tiene que soportar el sol en verano, el frío en invierno, y los insultos y gritos de la competencia todo el año. De esos vendedores de agua, gaseosa, Gatorade y chicha morada.

—Todos los lugares son buenos, la cuestión es cómo los trabajes —cuenta José.

Hace cuatro años, cuando recién llegó al Perú, José cuidaba perros. Y antes tuvo que huir de la miseria en su país y comenzar de cero. En eso se parece a los personajes de Higa, que en Gaijin y otras ficciones retrata a los emergentes, los sobrevivientes. «El objetivo de una novela es construir un conflicto. Y este no se puede crear con personajes triunfadores. Se necesitan aquellos que no se pueden adaptar, que están a medio camino entre la derrota y la victoria», explica Higa, por teléfono, desde su casa en Surquillo.

José tiene esa dualidad: la esperanza en sus ojos claros y el recuerdo amargo, en esos mismos ojos, por todo lo que dejó atrás. En Venezuela, él era perito en una empresa de seguros. Dice que estaba en lo más alto allá, hasta que perdió todo —incluso la libertad— para cumplir con su trabajo: tomar fotos de los accidentes de tránsito.

—No podías grabar en la calle con una cámara, por la ley mordaza. Una vez, casi caí preso por fotografiar algo que no le gustaba al régimen.

Tuvo que esconderse en su oficina toda la mañana y recién pudo salir en la noche. Después, se vino para acá. Y terminó en esta esquina.

—Todos los lugares son buenos —dice y vuelve a sus jugos y a la faena bajo el sol.

II

Los mercados son una constante en la obra de Augusto Higa (Lima, 1946). El Mercado Central no solo aparece en Gaijin: en el cuento Polvo enamorado, el japonés Kinshiro Nagatani ingresa todos los días a sus pabellones para observar de lejos a la carnicera América Linares, en un ritual de amor obsesivo. En su novela Final del Porvenir, el caos de La Parada rodea el edificio de vecinos que luchan por no ser desalojados. En el relato Okinawa existe, la obachan Miyagui camina todas las tardes alrededor del mercado La Aurora para visitar a su amiga de infancia, la anciana Maeshiro.

«Los mercados me inspiran, me dan complacencia. Siempre los visito. Me siento cómodo adentro: con sus ambulantes, sus papas, frutos y carnes. Puedo escoger los productos, ver el pescado, conversar con la florista, vivir entre ellos y recibir el lenguaje callejero», cuenta Higa.

Su lugar preferido en el entramado del Mercado Central es la portada china y los callejoncitos que desembocan en ella. Esos pasajes, en donde venden verduras y te leen la suerte a cambio de una moneda, aparecen en sus ficciones. Pero para él, un descendiente de japoneses, este mercado no solo es un escenario literario, también es un espacio vital. De memoria. En sus historias retrata los oficios de la zona que él conoció de niño: comerciantes, hojalateros, carboneros. La mayoría eran migrantes como su padre, que tenía una tienda de abarrotes en otro barrio.

Desde su construcción en 1854, el Mercado Central fue un lugar alrededor del cual se asentaron los migrantes que llegaban a la capital, explica el historiador Marco Antonio Capristán. Primero, fueron los chinos en la segunda mitad del siglo XIX, cuya huella cultural permanece en la actualidad con la calle Capón, los chifas y especierías. Durante la primera mitad del siglo XX, los japoneses que abandonaban las haciendas costeras, en donde habían sido explotados, pusieron sus negocios en la zona. Tiendas de abarrotes, jugueterías, bazares, peluquerías. Décadas después, vendrían los migrantes de la sierra, del norte, centro y sur del país, que también buscarían un espacio en las calles. Ahora, en el siglo XXI, hay una gran presencia de venezolanos.

«El Mercado Central ha perdido su peso como centro principal de abastos. Pero sigue potenciando los comercios alrededor. Muy cerca, hay calles con galerías especializadas en ropa, bisutería, decoración, locería. Compradores y ambulantes se siguen acercando porque siempre encontrarán oferta y demanda», dice Capristán.

Según Higa, los migrantes japoneses ya no son protagonistas dentro de ese escenario: sus descendientes transitan otras coordenadas. Hoy, en los días finales del 2021, salvo los dos puestos que venden sopas udon, soba y dulces de arroz, casi no hay presencia japonesa alrededor del Mercado Central. Sin embargo, al escritor le sigue fascinando este espacio como un laboratorio de conflictos. «Para los japoneses que llegaron al Perú, el cambio fue radical no solo porque comenzaron de cero, sino porque tuvieron un choque cultural completo: el idioma, la religión, las costumbres, todo era distinto», dice.

En medio de esas colisiones sitúa a Sentei Nakandakari, un emergente que, en vez de seguir un camino edificante, como en las fábulas felices de emprendedores, se pervierte, se vuelve despreciable.

Quizá en su fuero interno lo sabía, el origen de su caída era no ser como los demás, tener otra boca, otros ojos, otra nariz, otra piel, de manera que Sentei Nakandakari escuchaba inconmovible las brutales carcajadas, absolutamente pasivo, sin ningún ademán, sin ninguna pulsación, sin ninguna defensa, los ojos abstractos, concentrado en el aire [Páginas 56 y 57].

Sentei es un japonés que no puede ser peruano, y también es un ser indigno para sus compatriotas. Es un gaijin, un extranjero en las dos orillas. Un paria en cualquier lado. Esa disfuncionalidad le atrae a Higa, y decide usar el mercado como escenario de estas ilusiones que se hacen añicos.

III

La tarde avanza afuera del Mercado Central y arriba el sol sigue igual de furioso. El bullicio tampoco cesa. A un ambulante no se le puede pedir mesura. Menos en las vísperas de Navidad. Su sobrevivencia depende de la estridencia.

Lleve barato, lleve.

Ropa, regalos, adornos.

A cinco soles el llavero de El juego del calamar, a cinco soles.

Remate, remate, aproveche.

La calle no es un lugar pacífico. Mónica, 53 años y lentes con fondo de botella, en la sexta cuadra del jirón Ucayali, dice que siempre hay pugnas con otros ambulantes, con los clientes, con las autoridades. Ella vende adornos navideños de cobre, desde cinco soles. Da vueltas por la manzana para que los serenos no le quiten su mercancía. Cada tanto, aparece una patrulla de fiscalizadores con trajes de Robocop —casco, armadura con hombreras y botas— que espanta a quienes venden al paso papeles de regalo, pijamas y maíz tostado.

—No es fácil, amiguito, tienes que pasar muchos inconvenientes para llevar un pan a la casa —cuenta Mónica.

Ella calcula que, al día, saca unos 30 soles. Antes de la pandemia no era así: ella proveía sus artesanías a las galerías y le pagaban puntual. No tenía que salir a venderlas. Pero eso era antes. Ahora, además de esquivar municipales, debe ofrecer productos acordes a cada temporada.

Lleva barato, aproveche.

A cinco soles el llavero de El juego del calamar, a cinco soles.

Polos, polos, polos.


—En Navidad, son adornos; en Año Nuevo, ropa y música. Hay que pensar en algo para cada fecha.

Mónica dice que hizo un curso de marketing. Marketing de sobrevivencia.

Lleve barato, lleve.

Cinco gorritos por diez soles.

Lleve el llavero del calamar a cinco soles.


En la realidad y la ficción las penurias son las mismas. Sentei Nakandakari también batallaba en las calles imaginadas por Higa. Cada jornada era una disputa por el espacio, por salir de la pobreza.

Aledaño a los vendedores canteños o huarochiranos, sus competidores y rivales, lo soportaran o no, lo maldijeran o no, parecía un canalla, un patán díscolo y demoledor, puesto que cambió de indumentaria, y llamaba a la gente como un forajido, elevando la voz, haciendo visajes estrafalarios, meneando el cuerpo escabroso. [Página 17]

Sentei Nakandakari tuvo que pagar cupos para instalarse en el jirón Ayacucho. Tuvo que vociferar. Higa dice que, en su novela, no busca destapar los entripados de corrupción municipal. O mostrar los conflictos raciales y sociales de la época (aunque en Gaijin aparecen los saqueos a los comercios japoneses, los insultos y vejaciones). No: él prefiere centrarse en la crisis del individuo cuando todo se quiebra.

No, evidentemente no, imposible, no se turbaba, nada le hería, nada lo arredraba, sin pasado, sin tradición, sin memoria, Sentei Nakandakari no tenía ningún interés, excepto vender mercancía, puesto que necesitaba salir cuanto antes de la pobreza, conseguir el rabioso dinero. [Página 18]

La ficción no recrea la realidad, la refleja. Ayuda a entenderla. A comprender ese impulso de seguir remando contra todo (y todos) que sintió Sentei y que, por ejemplo, también siente ahora Alberto, 37 años y una abultada mochila negra en la espalda. Él vende juguetes armables afuera del restaurante Arakaki, uno de los pocos negocios de japoneses que sobreviven afuera del mercado. Sobre una mesa plegable, ha colocado barcos piratas, castillos de princesas, un tanque, aviones de caza, una cabaña

—Todos son de corrospum. El más complejo se arma en media hora; y el más básico, en menos de cinco minutos —dice.

Conversa rápido, atento a que no le decomisen sus productos. Dice que tiene que aprovechar que hay pocos fiscalizadores a esta hora, que viene todos los días desde Huaycán, que tiene un hijo que, dos días después de la Navidad, cumplirá tres años. Los mismos tres años que viene trabajando como ambulante. Le ha ido bien y espera que este año sea igual.

—Sí da, esta plaza sí da, gracias a Dios.

Desde arriba, el sol sigue quemando la vereda. Abajo también continúan los sudores y el barullo. Ahí, cada uno en su esquina, en su pedazo de la calle, están José, Mónica y Alberto, luchando en este espacio de sobrevivencia. También en la esquina del jirón Ayacucho está el fantasma de Sentei Nakandakari. Todos ellos vociferan, golpeados por la luz de las tres de la tarde. Permanecen de pie afuera del Mercado Central, bajo ese sol furioso que aplasta y quema a todos por igual.

Higa Oshiro, Augusto. 2014. Gaijin. Editorial Animal de Invierno