HOMENAJE

La poeta y profesora Ana María Gazzolo ha despertado el interés por la poesía entre los estudiantes de la MEC. Presentamos un homenaje a su labor docente y a sus aportes como docente, investigadora y poeta. Texto escrito por Jean Paul Brousset.



Poeta en soledad

Jean Paul Brousset

Atravesé la sala y llegué a un espacio iluminado por la luz natural. Repleto de verde: su jardín. Hay algo especial en él. Algo que la poeta me quiere mostrar. En silencio, miro las distintas plantas y flores que nos rodean. Helechos, madreselvas, rosas, orquídeas. Este jardín refleja a una persona amante de las cosas. De la vida inmóvil. Imagino a Ana María Gazzolo sentada en medio de esta pequeña selva. Cobijada por los verdes, amarillos, rojos y lilas, pensando en las palabras, en las frases, en las imágenes. La imagino sola, cavilando textos y poemas. No puedo dejar de preguntarme el porqué de esa soledad.

Al final de la noche
el amanecer es una línea trazada
                            En el horizonte
un leve resplandor futuro
Más allá habita el frío
el inmenso espacio ignorado


—En la pandemia me dediqué a la jardinería —cuenta —. No había mucho por hacer.

Me invita a tomar asiento en unas sillas de mimbre colocadas estratégicamente en el patio frente al jardín. Su voz es suave y melodiosa. Ya en las clases virtuales habíamos disfrutado esa cadencia y musicalidad que tiene al exponer. No solo había estética en su manera de hablar, también una erudición que nos dejó maravillados a todos sus estudiantes.



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El ciclo pasado, iniciamos un curso en la Maestría: Técnicas de Escritura: Poesía. La profesora, Ana María Esther Gazzolo Villalta, magíster en Escritura Creativa y doctora en Literatura Peruana y Latinoamericana por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, apareció en la pantalla y nos dio la bienvenida. Las credenciales intelectuales de la profesora Gazzolo eran abrumadoras, así como su producción poética. Pero fue en el devenir de las clases que todos fuimos descubriendo a un ser humano excepcional. Así, agarrados de su bondadosa mano virtual, recorrimos la historia de la poesía, partiendo de la Epístola a los Pisones de Horacio, Aristóteles, los trovadores medievales, el haiku, los poetas románticos y vanguardistas, hasta llegar a la poesía conversacional del siglo XX. Un viaje poético hecho de referencias intelectuales y sonoras (Ana María nos recitó poemas de muchos de los poetas estudiados), de análisis académicos profundos y estéticos.

Pero las eruditas exposiciones de Ana María se iban complementando con ejercicios que nos motivaban a escribir poesía. Ella demostró la suficiente paciencia y dedicación para corregir cada verso disperso, cada estrofa indecisa, cada fonema disonante. A través de su mirada benevolente fuimos forjando
—Entre todos sus estudiantes— una amistad erigida a partir de la admiración hacia esa persona que conducía una clase de poesía en medio de la tormentosa virtualidad a la que nos empujó la pandemia.



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Ana María se acerca a una orquídea. La acaricia. Voltea y me mira con complacencia. Hay algo en esa flor que la mueve. Sospecho que es especial. Que la poeta la considera un ser particular. No lo dice. En el mundo de Ana María Gazzolo, las cosas tienen significados diferentes de los comunes. Intento construir —a través de su imagen— mi propia representación de una mujer que se mueve con delicadeza en un mundo tosco. El sol de la tarde que se va lo decolora todo, haciéndolo borroso. Nos sentamos en las sillas de mimbre, rodeados del verde que ya se transforma en gris. Me ofrece algo de tomar. Acepto con agrado.



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—En una época, hice periodismo, y me costaba hacer una entrevista a partir de un guión.

Ana María cuenta esa experiencia al verme algo confundido sobre la dinámica que debemos seguir. No puede dejar su papel de profesora comprometida, que cuida los pasos de sus estudiantes.

—Cuando tenía que entrevistar a pintores, solo conversaba. Los artistas plásticos se intimidan ante la grabadora. Por ello, intentaba improvisar. Preguntarles cosas sueltas para que se sintieran a gusto como en una conversación de amigos. Ya luego, con los retazos de lo que escuchaba, armaba la crónica. Alguna vez, alguno de ellos me dijo, luego de leer lo que había escrito: ¿Cómo has podido decir lo que yo pensaba y no tenía palabras para decir?

—Ojalá logremos acercarnos a algo parecido en esta entrevista. —Seguro que sí... seguro. Ana María es una mujer luminosa. Su cabello cano se esponja con suavidad sobre su cabeza y contrasta con su rostro, en el que se pueden encontrar signos de madurez y, al mismo tiempo, lozana juventud. Tiene unos hermosos ojos tristes que auscultan con profundidad todo lo que ocurre a su alrededor.

Unos minutos antes, en la sala de la casa, nuestra anfitriona me muestra fotos familiares ordenadas en una mesita de esquina. En ellas se veía a su padre, a su madre, a su abuelo. También estaba ella de niña, posando con su hermano. Todas las fotos, en blanco y negro, mostraban instantes extraviados en el tiempo. En medio de las fotos había una cámara Polaroid antigua. La cámara de su padre. Todas las fotos habían sido tomadas con ella. Sentí algo de emoción contenida en sus palabras.



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—No me acuerdo desde cuándo me comenzó a interesar la poesía. Sí recuerdo que, desde muy chica, me elegían para recitar en las actuaciones del colegio. Padecía al subir a un escenario. Aunque, en el fondo, me gustaba esa exposición. Lo primero que me llamó la atención de esos textos, que declamaba casi inconscientemente, fue la musicalidad. Así, me fui involucrando con la poesía, convocada por la sonoridad y la armonía de las palabras.

La música era importante para Ana María de niña. En las reuniones familiares, su abuelo tocaba el piano mientras su prima, su hermano y ella cantaban tangos y pasodobles. Recuerda con cariño algunas de esas canciones, pero se ruboriza por una en especial. El tango Yira, yira. Los niños lo cantaban con algarabía, sin tener conciencia de que la palabra yira significa —en jerga argentina— ‘prostituta’. Ana María se ríe pensando que la niña que fue se emocionaba cantando una oda a las putas.

Verás que todo es mentira
verás que nada es amor
que al mundo nada le importa
Yira, yira
aunque te quiebre la vida
aunque te muerda un dolor
no esperes nunca una ayuda
ni una mano, ni un favor

Al escribir estas líneas, estoy escuchando a Gardel interpretando esa canción. Su voz impostada contrasta en mi memoria con la imagen de esa pequeña niña que, con voz melodiosa, cantaba la misma canción. La poesía del tango penetrando en el alma de la futura poeta.



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Ya en la secundaria, Ana María escribió sus primeros poemas. Eran versos nacidos de la contemplación del mundo que la rodeaba. Escribía líneas poéticas cargadas de musicalidad que rompía casi al instante.

—En esa época, leía a Bécquer y a García Lorca. Me fascinaban —dice regresando de la cocina con unajarra de limonada.

Cuenta que su padre, un abogado amante de la Literatura, tenía una nutrida biblioteca en el estudio de la casa. Repleta de libros de Derecho, pero también de obras literarias de toda índole. Su madre, por su parte, cultivó de manera especial la música. La poesía brotó en Ana María como si dentro de su espíritu se resumieran ambas influencias.



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Ana María ingresó a la Universidad Católica con la idea de estudiar Literatura, pero sentía que no encajaba en ese mundo universitario de gente demasiado pendiente del estatus social. Fue por eso que decidió trasladarse a San Marcos. La experiencia fue igual de compleja, pero por otras causas. Ahí la consideraban como parte de la clase social que, por razones de ideología, la mayoría de los estudiantes rechazaba. Nuevamente se erigieron a su alrededor muros sociales incomprensibles. Ella se aisló de ese entorno y se abocó al estudio, y logró terminar con éxito su etapa universitaria. Luego se dedicó al periodismo, a la docencia y a la investigación. Destacó en cada una de estas actividades. Cuenta con un sinnúmero de estudios sobre diversos poetas y escritores contemporáneos que sería imposible reseñar en estas breves líneas. A la par de esa voluminosa labor intelectual, la poesía explosionó.



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La profesora Gazzolo aparece encasillada en uno de los pequeños cuadrados del Zoom. En los otros cuadrados, sus estudiantes la escuchamos con veneración. Ella nos habla de Pessoa, de su poesía cargada de desolada humanidad. Nos habla de sus heterónimos, personajes dentro del gran personaje, escondites desde donde el poeta nos va mostrando distintas sensibilidades. La profesora recita algún poema. Una música nace desde cada una de nuestras computadoras y se va expandiendo por el ambiente, enredándonos en su sonoridad. Una extraña luz compuesta de palabras y sonidos ilumina nuestros espíritus. La poesía se puede tocar, es algo tan concreto como mis manos, como mi rostro, como cada objeto que me rodea. La poesía vive en esa voz.



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Ana María ha escrito diversos poemarios en los que desarrolla una poesía de la que se ha dicho que es «una muestra de límpido lirismo y de intensa exploración de los abismos del yo». No soy un crítico literario, pero podría intentar una opinión de lector sobre sus poemas: «Visiones de lenguaje poético que susurran melodías dolorosas y solitarias a un tú de quien no se espera respuesta alguna».

Rostros cuarteados por el viento
cincelados por artesanos
                                 minuciosos
pasan ante mí
repitiendo sus caídas
En ellos me veo
Como en un espejo persistente
Agrio                helado       refractario



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Hay un poemario que me convoca por mi pasado marino: Cuadernos de ultramar. Fue publicado por el Fondo Editorial de la Universidad Católica en el año 2004. El autor es Felice Ianua. Ana María utilizó ese heterónimo cuyo nombre corresponde al apellido de su bisabuelo Carlos Felice y Ianua por Génova. Nos cuenta algo de su historia. —Él era un marino mercante que navegó por toda la costa del Pacífico, comerciando productos de distinta índole. Pero tuvo un trágico final. En uno de sus viajes, su barco encalló. Perdió, además de la embarcación, todo el cargamento de sal que llevaba a bordo. Nunca pudo superar ese incidente y murió al poco tiempo. Amilanado por esa pena. Yo escuché tantas historias sobre ese marino —al que no conocí— que me llegué a identificar profundamente con él. Escribía poesía, pero sus poemas se perdieron en el tiempo. Por eso quise darle mi voz y así nació el poemario.



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Felice está parado en el puesto de mando, aferrado al timón. Ana María está con él. Siente lo que siente ese capitán, cuyo barco se está yendo a pique. Ese trágico momento regresa una y otra vez en el tiempo: el sonido de los fierros retorcidos por las rocas, los gritos de la tripulación, el mar inundándolo todo. Ana María y Felice sufren la pérdida en momentos distintos, pero se atormentan una y otra vez de la misma manera, porque el destino —en esos segundos que nunca acaban— es implacable con ellos. El capitán Felice, hombre curtido por la brisa de múltiples mares, cierra los ojos, y la poeta siente con él ese dolor inmenso y lo transforma en palabras.

Ana María
rojo y verde
la bandera de tu nonno
danza
a los silbidos de Eolo
a la América que duerme
a los versos de Virgilio
Dolce stil novo
para cruzar
infierno, purgatorio
y tentar al paraíso
¡Oh, gran Musa!
Bajamos del barco
dejamos la casa de Felice
las plantas
los cuadros
las fotos perdidas en la cámara de tus ojos
apoyados como versos bien medidos
en la madera curtida
de tus recuerdos
queda un alma
en esa casa
la que revivió al abuelo
la que bailó con el piano
y que hoy nos regala
un espacio entre versos