ELLA MURIÓ DE VEINTISÉIS

Eduardo Robert Melgar Córdova

Le dije Señor, ¿qué tal?, soy Pedro.
¿Se acuerda de mí? ¿Qué fue de su hija?
Me dijo: ¿Cómo, no sabes?... ella murió.

Pedro Suárez-Vértiz.
A Silvia

ELLA MURIÓ DE VEINTISÉIS

Ese cuerpo acurrucado que los agentes de policía encontraron al ingresar en la habitación, no eras tú, Cecilia; era un objeto inanimado e inerte, desprovisto de condición material. Tampoco hablaba de ti, aquel extenso dictamen que horas después alcanzaron los médicos a la policía local, el cual refería a tu muerte como consecuencia de una sobredosis de pastillas -pequeñas y rosadas- que degeneraron en un edema pulmonar.


No era tampoco tuyo, aquel velatorio organizado entre desconciertos y apuros, ni el blanco cajón de ribetes dorados. Diez horas después de que todo iniciara, el café estaba frío, los trozos de galletas diseminados en el suelo de la habitación y las últimas personas que habían ido llegando, se marcharon finalmente con los primeros rocíos del día.


El lugar, que horas antes parecía reventar de gentío, terminó exclusivamente a merced de tu ausencia y de las pocas lágrimas que se negaban a brotar desde nuestros corazones. Y mientras salíamos todavía albergábamos una sensación de incredulidad que nos hacía caminar más ligero, como si nos empujara una repentina premura de llegar a casa, sorprenderte riendo y descubrir que todo fue una mentira.

*


Fue necesario un periodo de explicaciones, rutinarias condolencias, sorprendidas y automáticas, llamadas pasada las diez de la noche que iniciaban con un “me acabo de enterar lo ocurrido” y culminaban con “es una pena, solo tenía veintiséis”. Luego vinieron las citaciones a la comisaría local, los papeleos en el seguro, en el registro de defunciones, en el despacho municipal.


Mi hermano decidió mitigar su dolor cortándolo de raíz. Una semana después del entierro, se apareció con una decena de obreros, que se encargaron de expurgar cualquier objeto que nos trajera a la mente el recuerdo de su existencia: las fotografías de sus artistas favoritos fueron descolgadas de las paredes, la antigua pintura de su habitación fue reemplazada por un alegre tono rosado, su ropa fue clasificada para ser desechada y la colección de discos de Janette y Liliana Esther Maturano, con los que solía atormentarnos desde las seis de la tarde, así como la infinidad de cartas que encontraron en sus cajones, fueron colocados en cajas de cartón rotuladas con la inicial de su nombre.

*


Había no obstante, llamadas que escapaban de cualquier previsión: personas que regresaban de un largo viaje y tomaban tardío conocimiento, viejos amigos o admiradores que no llamaban en mucho tiempo y preguntaban de sopetón: “¿Se encuentra Cecilia?”. En esos casos, había que armarse de paciencia y explicarles tratando de no detenerse en detalles. Cuando finalmente se cansaban de interrogar y colgaban, seguía retumbando en el auricular el sonido de su ausencia que nos gritaba de manera desaforada su nombre.


Trascurridas varias semanas, las llamadas se fueron haciendo cada vez más espaciadas, las visitas familiares decayeron, la casa entera terminó de ser redistribuida y la que era su habitación, se estrenaba ahora como flamante biblioteca. De ella no quedaron más que algunas fotos, sus muñecas, las cajas de discos y las cartas de docenas de admiradores y amigos apiladas en el sótano. Finalmente, cuando parecía que todo volvía a la calma, llegó la primera carta.

*


Su nombre era Jhonn. Decía ser médico de profesión, estar en prisión y amar a Cecilia con toda la fuerza de sus treinta y tres años. Al principio imaginamos un error en el envío del correo o algún tipo de retraso en la entrega. La segunda carta llegó cinco semanas después: hacía referencia a la anterior e imploraba por noticias nuevas. Cuando arribó la tercera teníamos la historia clara. Cecilia llevaba carteándose desde hace muchos años con un sujeto que residía en Nevada. Por la correspondencia que hallamos en las cajas almacenadas en el sótano, nos percatamos que era una relación que trascendía lo pasajero: llevaban cerca de seis años escribiéndose, que era casi el mismo tiempo al que Jhonn había sido condenado por un juez local como consecuencia de una mala praxis. Pero lo que más nos sorprendió no fue ello, sino a la Cecilia que descubrimos entre cada resquicio de su correspondencia.


Se habían conocido a través de una de esas páginas de amistades de una revista regional, y lo que en un inicio sólo era sólo una chispeante amistad, con el paso del tiempo se convirtió en una sólida relación que había pasado inadvertida a la familia antera. Ahora caíamos en la cuenta del progresivo desinterés de Cecilia en salir con muchachos, la razón de su encierro en su habitación hasta altas horas de la madrugada y el motivo de la ansiedad que parecía consumirla desde el inicio del jueves (el cartero llegaba los viernes).


Pensamos que lo más saludable sería dejar que nuestro prolongado silencio se encargara de todo. Pero las cartas se sucedían unas con otras, cada vez más ansiosas, cada vez más lastimeras, de modo que un viernes, luego que la última carta fuera encontrada en nuestro buzón, me dirigí a la biblioteca y escribí:

”Estimado Jhonn, lamento tener que informarte del reciente fallecimiento de Cecilia…”


Antes de concluir la primera línea me di cuenta que no podía continuar de esa manera. Me sentía su verdugo, robándole la única razón que tenía para soportar el encierro y aguardar la salida. De modo que volví a sentarme frente al papel e intentando hacer mi caligrafía lo más parecida a la de Cecilia escribí:

Querido Jhonn, estoy segura que sabrás perdonar tan prolongado silencio.
He estado enferma casi toda la temporada y apenas hoy me he sentido con energía para
escribirte unas líneas…


Cuando terminé con la última palabra, me quedé por unos minutos contemplando el papel. No sabía cómo explicarlo, pero tenía la sensación de haber recuperado a Cecilia de alguna manera. Doblé la misiva y en el borde de la misma reproduje con sumo cuidado la manera como escribía su nombre.

*
La carta de Jhonn llegó muy puntual el viernes de la siguiente semana. Era una extensa misiva de casi catorce hojas que hacía un recuento de las anteriores y preguntaba por el estado de salud de Cecilia. Me impresionó la familiaridad que había en su trato hacia ella, así como la preocupación sincera por su pronto restablecimiento. Pero por sobre todo me impresionó descubrir que había alguien que había amado de manera sincera a mi hermana y había sido correspondido en la misma medida, de modo que haciendo tripas corazón me senté una vez más frente al papel: “Querido Jhonn…”.

*
Llevábamos escribiéndonos cerca de seis meses. Jhonn se había acoplado por completo y yo, me había comenzado a interesar de manera sincera por su bienestar y todo lo concerniente a su existencia. Para no contradecir las anteriores misivas de Cecilia, había optado por no objetar cualquier promesa que ésta le hubiere hecho anteriormente, siendo la principal de todas el viajar a Nevada al momento de su salida. Entre misiva y misiva no había caído en la cuenta que faltaba menos de un mes para el fin de su condena. Jhonn se encargó de hacérmelo saber en la siguiente carta.


Cuando se lo conté a mi madre me regresó a la realidad de un bofetón. Me llamó, inconsciente e insensible con el dolor de la muerte de Cecilia. Me hizo mostrarle cada una de las cartas que Jhonn había venido escribiendo durante todo el tiempo en que me dediqué a suplantar a mi hermana. Cuando terminó de leerlas, tenía lágrimas en los ojos. Me miró con una expresión dura y me ordenó de manera categórica que debía acabar con la farsa. Intenté explicarle que no podía hacerle eso a Jhonn, que él adoraba a Cecilia, que estaba a punto de salir. Pero ella fue implacable y me hizo jurar que le escribiría una misiva explicándole al detalle lo sucedido.


Fue la carta más larga que alguna vez escribí. En ella expliqué a Jhonn los motivos de mi proceder, la manera como inicialmente había despertado en mí una sensación de compasión, la cual se había ido transformando en aprecio, para finalmente convertirse en cariño sincero. Le conté además cosas de Cecilia que él desconocía, con la esperanza de que al saberla más terrenal se desencantara un poco de ella y no sintiera de manera abrupta su ausencia. Finalmente, adjunté a mi carta una vieja bufanda mostaza, indicándole que había pertenecido a Cecilia y que era uno de los pocos recuerdos que guardaba de ella. “Tengo la certeza que de estar aún con vida, ella habría cumplido su promesa”. Fue todo lo que pude escribir.

*


Durante las tres semanas siguientes no recibimos respuesta. Casi habíamos perdido la esperanza, cuando el cartero nos hizo entrega de un sobre lacrado. Llevaba el matasellos de siempre, pero provenía de una dirección diferente a la Prisión Estatal del Estado de Nevada. La leímos de corrido y más de uno estuvo a punto de desmayarse. La cabeza me daba vueltas. Nos escribía un Jhonn diferente, ahora en libertad, completamente extrañado del contenido de mi misiva anterior, de la cual, indicaba no entender ni un ápice, pero que interpretaba como una broma de mal gusto y nos contaba que Cecilia se encontraba bien y muy feliz en Nevada, donde hace apenas unas semanas atrás, celebraron juntos su cumpleaños número veintisiete.


Pensamos: “Pobre tipo, está loco”. Deposité la carta sobre la mesa y extraje un pitillo de mi cigarrera plateada. No fue sino hasta que terminé de fumar que caímos en la cuenta de la existencia de una fotografía al interior del sobre. Tenía marcada la fecha de hacia apenas una semana. La fotografía no era muy clara, pero en ella destacaba la imagen de un sujeto muy alto, enfundado en una chamarra de cuero, que dedujimos debía ser Jhonn, posando a la salida de la Prisión Estatal del Estado de Nevada. Llevaba enrollada al cuello la bufanda color mostaza que le enviara unos meses atrás, y abrazada a sus hombros, pudimos distinguir a una sonriente Cecilia, con el cabello alborotado por el viento, que desde la fotografía, nos observaba sonriente, sonriente



EDUARDO ROBERT MELGAR CÓRDOVA

Master of Laws (LL.M.) European Master in Law & Economics por las universidades Erasmus de Rotterdam y Hamburgo. Máster en Análisis Económico del Derecho por la Universidad Complutense de Madrid. Abogado por la Pontificia Universidad Católica del Perú. Profesor de Análisis Económico del Derecho, Economía Política, Teoría de la Regulación, Análisis de Impacto y Calidad Regulatoria y Derecho Administrativo en la UNMSM, USMP, PUCP y UC. Tiene más de quince años de experiencia profesional en sectores regulados. Es Presidente del Tribunal de Solución de Controversias del OSIPTEL y Vocal de la Junta de Apelaciones de Usuarios del OSINERGMIN. Ha sido Director del Círculo de Derecho Administrativo (CDA). Escribe sobre diversos temas de ficción y meta literarios en el blog http://solo-para-suicidas.blogspot.com/ desde hace 15 años.

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