EL DOMINGO DE LA SEÑORA ARAGÓN

José Manuel Rodriguez Paredes

EL DOMINGO DE LA SEÑORA ARAGÓN


Después de tres meses en cama por una serie de complicaciones de salud, la señora Aragón despertó con ánimo renovado, pues el sopor había desaparecido por completo. Decidió abrir las puertas del balcón para apreciar el sol de la mañana que se filtraba omnipotente en la habitación. Al ponerse de pie un mareo le nubló la vista y tambaleó. Se cogió de la mesa de noche y permaneció inmóvil unos segundos hasta que todo se aclaró. Le dolían las piernas y culpó a los días en cama, sin movimiento. Dio unos pasos muy cortos hasta que el dolor desapareció por completo. Desde el balcón, vio unos pájaros extraños que revoloteaban por encima de la higuera, no se sabe persiguiendo qué. Entonces caminó lentamente hasta el armario. Sacó uno de sus vestidos y lo puso en el sillón de al lado. Se vistió con torpeza y culpó otra vez a los días en cama. Se adornó con un par de collares largos y aretes colgantes, se polveó las mejillas y se peinó esas espléndidas canas que hacía muchos años adornaban su altiva figura, como si se trataran de una corona. Como todos los domingos, sus hijas y sus nietos llegaban a casa para pasar el día. Eran domingos largos y gratificantes, llenos de risas y conversaciones, que llegaban hasta la tarde noche, coronada por el grandioso lonche, para finalmente rezar la habitación del corazón de Jesús. Luego se despedían hasta el próximo domingo.
La señora Aragón notó que Dora no estaba en la habitación, así que supuso que era mediodía y debía de estar preparando el almuerzo. Miró el gran reloj de pared. No se había equivocado. Tenía que apurarse si quería almorzar junto con todos. Pero antes de salir del cuarto, recordó llevar la caja de chocolates que siempre ofrecía durante la sobremesa en la terraza. Pronto la encontró y la abrió para verificar el contenido. Allí estaban los chocolates de envolturas plateadas y doradas, de relleno sorpresa. Tapó la lata y salió del dormitorio. Bajó por las amplias escaleras, paso a paso, sin pedir ayuda ni, por supuesto, esperaba recibirla de nadie. Había dicho que nunca la aceptaría, mucho menos si llegaba a ser una “vieja decrépita”, que para eso mejor se echaba en cama y allí esperaba la muerte. Cuando llegó al primer piso, vio a sus nietos corretear cerca y dirigirse en tropel hasta el jardín, desatendiendo el llamado de sus hijas, pero las nanas ya marchaban dispuestas a cazar a esos pequeños traviesos y llevarlos a la mesa de la cocina. Vio también a sus hijas y esposos sentados a la gran mesa del comedor, conversando animadamente. Se sentó en el lugar de siempre, que le reservaban desde que se había postrado en cama. No quiso interrumpirlos, así que se quedó en silencio mientras la conversación fluía. Algunas miradas se posaron en ella acompañadas de sonrisas. Ella sonreía también. Los escuchó atenta durante un rato con el propósito de encontrar el momento adecuado para intervenir, pero la cabeza le empezó a dar vueltas otra vez, quizá por el parloteo de Carla, la menor de sus hijas, que siempre había sido muy locuaz. Como no entendía realmente cuál era el tema de conversación, desechó participar hasta que se le despejara la cabeza. Otra vez la culpa era de esas semanas en cama, en silencio, tan ajena al vaivén de las reuniones familiares. Se había acostumbrado a las breves visitas de sus hijas para saber cómo se sentía o para controlar a la enfermera nocturna (y de turno). Intercambiaban algunas palabras, siempre en voz baja y pausada, como suele ser lo adecuado con las personas ancianas y enfermas. Algunas veces subían los yernos, que la saludaban con exagerado respeto y le decían casi siempre “¿Cómo se siente?”, “Esperamos su pronta mejoría” y otras parecidas que le despertaban el deseo iracundo de que se fueran de inmediato. Pocas veces subían los niños y cuando lo hacían iban acompañados de sus padres. Habían sido prohibidos después de aquella vez en que idearon el juego de sacar prendas del gran armario de la abuela para disfrazarse. Armaron tal alboroto que despertaron a la abuela y ella dio de alaridos para luego confesar que creía haber visto duendes, pues unos enanos con largos y extraños vestidos hasta el suelo habían aparecido en su dormitorio. Sus hijas, sabedoras de las travesuras de sus hijos, no la contradijeron en lo absoluto y más bien trataron de convencerla de que quizá se trataba de una pesadilla debido a los nuevos y poderosos medicamentos que le habían recetado. Sofía le sirvió un vaso de agua para calmarla. Desde esa vez, prohibieron subir a los niños y decidieron que siempre visitarían a su madre acompañadas de sus hijos si lo deseaban.
Ahora que había cerrado los ojos para quizá comprender mejor qué decían, solo podía distinguir las voces de sus yernos Juan y Gabriel. Ellos siempre hablaban en voz alta y con ademanes exagerados, muy diferentes de los finos modales de Mario, su esposo, que hacía tres años había fallecido. Pero lo que le molestaba más de Juan y Gabriel eran sus ropas, de colores que no combinaban y con esos enormes garabatos impresos o bordados. ¡Qué diferentes de Mario, con sus finos ternos de colores sobrios!, exclamó para sus adentros. Se acordó de Carlos, tan de buena familia, tan guapo, pero sufriendo ahora y se lamentó de que probablemente ya no le daría el tiempo para verlo de vuelta con Cristina y sus nietos. Ahora solo quedaban Gabriel y Juan y se preguntó qué habrían visto sus hijas, tan finas y bonitas, en dos chicos comunes y corrientes, de familias desconocidas. Una hija sola, dos casadas con malos partidos y ella casi sin entender qué sucede a su alrededor.
Así en esos pensamientos se quedó dormida con la lata de chocolates en sus piernas. No sabe cuánto tiempo pasó, pero se despertó cuando las sillas se arrastraban y la mesa se agitaba. Todos iban a la terraza llevando sus tazas de café. Se levantó rápidamente y persiguió al grupo. Allí encontró a sus primas, a quienes no veía hace mucho tiempo, y se alegró. Se sentó junto a ellas y le molestaron, otra vez, sus piernas. Sus primas conversaban con el buen humor de siempre, tan buenas compañeras habían sido que se quedaron solteras, pero ella se había librado de vestir santos gracias a la insistencia de Mario. Escuchó, mientras se frotaba las piernas, que se quejaban, entre bromas, de los dolores de aquí y allá, y todas coincidieron en que donde se sentaban, no se movían para evitar el cansancio. La señora Aragón sonreía mientras asentía con la cabeza. Sus primas queridas le habían devuelto la comodidad en su propia casa. Como los nietos habían terminado de comer y era el turno de las nanas, de cuando en cuando los vigilaba mientras corrían por el jardín porque sus padres se habían olvidado de ellos. Sus gritos y risas llegaban hasta la terraza. “Son unos bandidos incansables”, pensó. Miró la lata de chocolates. “¿En qué momento la puse sobre la mesa?”, se preguntó y la abrió.
—Sírvanse —les dijo a sus primas, pero estas seguían tan entretenidas con la conversación que no se dieron cuenta del ofrecimiento.
Entonces a la señora Aragón se le ocurrió darles chocolates a los niños. “Quizá así se tranquilicen esos pequeños galifardos”, pensó y creyó que también llamaría su atención. Debían hacer las paces luego de aquel incidente en su cuarto, en el que más de uno rompió en llanto. Entonces entró al jardín. Los niños daban vueltas alrededor del árbol, brincaban, saltaban, sin darse cuenta de que su abuela llegaba con un manjar. Alargó la lata y les dijo:
—¡Niños!, cojan chocolates. Les van a encantar.
Pero los niños estaban concentrados en sus juegos: continuaron saltando, brincando, persiguiendo a uno y otro, sin atender a su abuela. Ella los siguió durante algunos minutos, sin sentir cansancio, asombrándose de su repentina vitalidad, pero al ver que no le prestaban atención e incluso huían de ella, se dio por vencida y concluyó que lo mejor era regresar para conversar con sus primas antes de que se fueran, porque estaba segura de que se irían temprano.
Cuando se dirigía a la terraza, se acordó de que no había visto a Dora ni le había dado indicaciones para el postre, ni siquiera para el lonche. Así que fue para la cocina pensando en ofrecerle los chocolates que sus nietos habían despreciado. Dora había sido siempre una sirvienta leal y cariñosa, y todavía recordaba la tarde que llegó de la mano de su tía hacía más de treinta años. Era una niña de diez, callada y asustada, pero pronto se acomodó a la nueva casa. Y entre las muchas tareas que aprendió de la antigua sirvienta, la señora Aragón le tomó un cariño tan parecido al que se le tiene a una sobrina. Le enseñó a hacer postres y pasteles, habilidad que se le había decantado por su especial afición a los dulces. De todos, el bavarois de guindones le salía celestial. Había aprendido muy bien a preparar los guindones en almíbar para luego meterlos en el horno con la preparación.
Cuando entró la cocina, vio a Dora verter el almíbar generosamente y limpiar los bordes de la bandeja. Del ambiente contiguo a la cocina, llegaban las risas de las nanas, tan relajadas, tan lejanas. La señora Aragón sintió una gran pena sin saber qué la causaba. De pronto, Dora tomó la bandeja con el bavarois listo y volteó. Se quedaron estáticas mirándose una a la otra.
—¡Señora! —dijo con gran sorpresa y turbación. Las risas del otro lado cesaron.
La señora Aragón creyó oír eso como una protesta, pero no le dio importancia pues hacía tiempo que no entraba allí, en realidad hacía tiempo que paseaba por su propia casa, y podía tomarse su presencia incluso como un atrevimiento. Así que sin tomarle importancia, pues las dueñas de casa no dan explicaciones, le dijo:
—Toma, escoge un chocolate. Son deliciosos.
Pero la mirada de Dora no se apartó de sus ojos.
—Anda, niña, coge dos si quieres —ordenó.
A Dora se le cayó la bandeja y el bavarois se deshizo como si fuera una gelatina. Los guindones saltaron sobre el piso como sapos y el almíbar formó algunos charquitos pegajosos. Dora pegó un grito que asustó a la señora Aragón. Fue un grito tan ensordecedor que hasta ella creyó que había hecho algo realmente malo y salió de la cocina con paso apurado hacia su dormitorio donde todo era tan apacible, tan silencioso, tan normal. Atravesó el comedor a velocidad y ya se encontraba corriendo hasta que llegó a la escalera. No sentía los escalones debajo de sus pies hasta que entró en su dormitorio y se acostó en su cama. Ni siquiera se tomó el tiempo de quitarse el vestido, ni los collares ni los aretes. Se tapó hasta el cuello y cerró los ojos. Estaba agitada. La cabeza le daba mil vueltas. Buscó un recuerdo grato para olvidarse del asunto.
Carla, Cristina y Sofía, que esperaban el bavarois en la terraza, oyeron los gritos y corrieron junto con Juan y Gabriel hasta la cocina, pensando en un incendio o un desmayo de alguna nana. Las encontraron asustadas y rodeando a Dora, quien, apenas los vio, les dijo con la voz de los que lloran con el corazón extrañado: —Era su mamá, su mamá…
Los yernos se quedaron desconcertados como si se hubiese dicho un disparate, mientras que Carla, Cristina y Sofía sentían que el corazón se les hundía más en el pecho.



JOSÉ MANUEL RODRÍGUEZ PAREDES (LIMA, 1976)

Estudió en el colegio Champagnat y siguió sus estudios superiores en Lingüística y Literatura en la PUCP. Es egresado de la Maestría en Comunicaciones. Ha trabajado en varias editoriales, como redactor, editor y corrector de estilo, así como docente en universidades e institutos. También ha sido asesor de Martha Hildebrandt en el Congreso Peruano. Siempre le han atraído la literatura y los medios, por ha estado involucrado en proyectos editoriales. Actualmente es moderador en el foro mundial de cuentos de Ciudad Seva.