BOGON MOTH

Juan Carlos Barreno Galloso

BOGON MOTH


Aquella horrible criatura había invadido la ciudad con el calor primaveral. Él notó los primeros indicios de algo extraño mientras se preparaba el desayuno y escuchaba las noticias en su pequeño apartamento de Sídney. El apartamento, a pesar de lo pequeño, tenía una amplia terraza y una bella vista sobre la ciudad. Desde allí podía contemplar la torre de la televisión y los fabulosos fuegos artificiales que la ciudad organizaba de tanto en tanto. A Felipe le gustaba también observar, en las tardes, las numerosas “aves” que volaban hacia Centennial Park, aunque él ignoraba que en realidad lo que veía no eran aves sino gigantes murciélagos.

Esa mañana, sin embargo, lo que le sorprendió fue un golpeteo continuo sobre la mampara de acceso a la terraza. Felipe dirigió entonces la mirada hacia ese lugar y observó sorprendido que unos insectos, en violento ataque, pugnaban por ingresar al apartamento. Se alegró de haberla cerrado completamente la noche anterior, a pesar del tremendo calor. El apartamento, aunque estaba situado en un costoso condominio, no tenía sistema de aire acondicionado, así que a veces tenía que abrir las ventanas de la fachada y de la parte trasera para lograr la circulación del aire. Esta inevitable tarea lo exponía a dos inconvenientes: el ruido de los coches y, el peor de los dos, la entrada de insectos…

Felipe sentía aprensión por ellos; le producían temor, los repudiaba y pensaba que debían ser eliminados de la faz de la tierra. Por eso, se aseguraba siempre de bloquearles el acceso a su apartamento. Sin embargo, si por alguna razón entraban, no dudaba en deshacerse de ellos despiadadamente: aplastándolos con un zapato, rociándolos de cantidades abundantes de insecticida, o a veces torturándolos previamente; por ejemplo, asfixiándolos dentro de un frasco de vidrio, ahogándolos en agua o aplicando cuanto método de tortura pudiera imaginarse.

Sospechaba que cucarachas, moscas, grillos, mosquitos y demás lo perseguían. En este apartado país que era Australia estos abundaban y su encuentro era frecuente. También la salvaje fauna incluía escorpiones y arañas, a los cuales odiaba por igual. Aquel viernes, antes de salir de casa se acercó a la mampara para asegurarse de que permaneciera cerrada mientras él estuviera en la oficina. Entonces las vio de cerca por primera vez: eran unas criaturas de alas color marrón oscuro, casi negras, medían unos cuatro centímetros de largo por dos de ancho, de cuerpo compacto, con cortas antenas y unas patas con pequeñas púas que a él le recordaron las patas de ciertas arañas. La visión de estos insectos le produjo repulsión. Decidió que aplastaría inmediatamente la primera que penetrara el apartamento, como había hecho con miles de bichos.

Esa mañana, el bus que abordó para dirigirse al trabajo estaba colmado de gente y Felipe tuvo que viajar de pie en el pasillo. Iba pensando en todo lo que tenía por hacer cuando, repentinamente, descubrió dos robustos ejemplares de aquellos oscuros insectos caminando sobre el cristal de la ventana frente a él. El miedo hizo que instintivamente su mano derecha intentara abotonar el cuello de su camisa, pero no logró hacerlo debido al movimiento del vehículo. El viaje le resultó una tortura pues imaginaba que en cualquier momento esos insectos vendrían a introducirse por el cuello abierto de su camisa y descenderían por su pecho o espalda. Imaginó las patas espinosas hincándole la piel, y sus alas agitándose debajo de su camisa. La piel se le erizó y comenzó a sudar, a tal punto que la parte posterior de la camisa y el área bajo sus axilas quedó completamente empapada. Se sintió avergonzado. La rubia sentada delante de él, de aspecto ahombrado, en sus cuarenta y tantos años, tenía los dos insectos desplazándose al costado suyo, pero éstos no parecían incomodarle.

En el tramo a pie hacia la oficina, Felipe recordó otros desagradables encuentros con similares monstruos voladores, denominados por el habla popular como mariposas, aunque con el adjetivo de “nocturnas”. Él se preguntaba por qué se hacía semejante aberración lingüística si estas supuestas criaturas “nocturnas” volaban cómodamente también durante el día.Moth, en inglés, le parecía un término más adecuado y único para describir a estas repulsivas criaturas. Moths era sin duda un grupo muy diferente al de las mariposas. La primera le había caído en un plato de sopa mientras cenaba en la Amazonía peruana, hacía más de treinta años; aquella era mucho más grande que sus primas australianas, medía unos ocho centímetros y al abrir sus alas era casi tan ancha como la palma de su mano, el cuerpo era carnoso, las alas muy oscuras y la cabeza, además de unas pequeñas antenas, poseía unos extraños penachos. Aquella zumbadora criatura agitaba sus alas en un mar de fideos y patatas. Espantado, Felipe había accidentalmente levantado la rodilla derecha y golpeado la mesa fuertemente desde abajo. La sopa se había vertido sobre toda la superficie, provocando una embarazosa escena. Luego, el monstruo había alzado el vuelo rociando pequeñas gotitas de sopa sobre el rostro de Felipe, como burlándose de él.

También recordó que, a los cuatro años de edad, un día, mientras acompañaba a su madre a regar el jardín, sintió que algo le hincaba la piel por debajo de su overall de corduroy. Tal vez su repulsión había empezado allí. Cuando su madre, preocupada ante las señales de alarma del niño, le levantó el pantalón hasta la rodilla, unas largas antenas aparecieron bajo la tela. Al ser descubierta, la cucaracha ascendió por la pierna del pequeño quien, ya para entonces, había comenzado a dar gritos de espanto. Su madre había arrojado la manguera y levantado inmediatamente al niño trasladándolo al garaje de la casa, donde, después de desnudarlo, había por fin logrado alejar a la intrusa criatura.

Luego de un agotador día laboral, el trayecto desde la parada del bus a su apartamento, aquella noche de viernes, le pareció amenazador. La acera conservaba aún algunos charcos de agua y los helechos y otras plantas a los lados se veían recubiertos de agua pues había llovido. La senda era poco iluminada y los grillos y otros insectos hacían un ruido insoportable desde sus invisibles refugios. Felipe imaginaba que estos le saltarían al cuerpo en cualquier momento. Y en verdad los grillos parecían aumentar los decibeles de sus chirridos al sentir su cercanía. Al llegar a casa, Felipe se fue inmediatamente a la cama, agotado por sus actividades del día, y se quedó dormido, pero su sueño fue interrumpido por un constante tac tac. Felipe encendió la lámpara del velador y una tenue luz invadió la habitación; entonces, el ruido cesó. Recorrió el espacio con la vista, de derecha a izquierda y de arriba abajo, y no vio nada fuera de lo normal. Pensó que tal vez exageraba, entonces apagó la luz e intentó recuperar el sueño. Sin embargo, tras unos minutos, el tac tac recomenzó. Sobresaltado por el sonido, Felipe encendió la luz súbitamente y tras un minucioso escrutinio comprobó que no había nada obvio delante de él. Iba ya a apagar la luz otra vez cuando, espontáneamente, se volvió para mirar la pared detrás de su cama. Entonces contuvo el aliento porque lo que vio lo paralizó de terror: una de las más grandes mariposas nocturnas que había visto hasta entonces en Australia agitaba sus alas sobre el cuadro colgado detrás de su cama. Al percatarse que Felipe la había visto, la negra mariposa dejó de agitar las alas, movió ligeramente sus cortas antenas y repentinamente alzó el vuelo esfumándose en la oscuridad de la habitación. Por más que Felipe la buscó largo tiempo, no la pudo encontrar, de modo que pasó la noche en blanco.

A la mañana siguiente, después de un relajante baño y un saludable desayuno, Felipe partió hacia la universidad, donde enseñaba español los sábados. Los primeros minutos de la clase transcurrieron amenamente, sus alumnos narraban con entusiasmo sus experiencias de la semana. Entonces Felipe quiso explicar algo en la pizarra y se dirigió hacia ella. Allí obtuvo una prueba más de que los insectos conspiraban contra él. Desde la canaleta donde se colocaban los rotuladores, en la parte baja de la pizarra, una enorme cucaracha lo observaba, desafiante, moviendo únicamente sus largas antenas. A pesar de que quiso apartarse rápidamente de la pizarra, se contuvo. Le avergonzaba el hecho de parecer un cobarde delante de sus alumnos. La cucaracha no se movió del lugar durante toda la clase, impidiéndole escribir en la pizarra.

Ese sábado, por la tarde acudió a una barbacoa en casa de una de sus alumnas. La casa estaba en la Orilla Norte de Sídney y poseía un enorme jardín rodeado de franchipanes, azaleas y buganvilias en donde los dueños de casa celebraban la reunión. Felipe acudía a esos eventos por deber social, pues abejas y avispas no perdían la oportunidad de pasar zumbando delante de sus orejas, lo que le había hecho derramar su copa de vino en más de una oportunidad. Aquella tarde, sin embargo, no fueron abejas, avispas ni moscas quienes le arruinaron la fiesta. Mientras conversaba con el marido de la anfitriona, sintió un dolor caliente ascendiendo desde la pantorrilla. Por instinto dio una fuerte palmada sobre ella y al retirar la mano se percató de que entre sus dedos se agitaba el cuerpo decapitado de una hormiga gigantesca. Esa noche Felipe tuvo que aplicarse unos ungüentos recomendados por su alumna y tomar antihistamínicos; aun así, la hinchazón le duró varios días.

En realidad, los insectos, hartos de la crueldad de Felipe con ellos, complotaban para terminar con él. El plan final se le ocurrió a la mariposa nocturna que vivía en el sótano donde Felipe guardaba su coche. Ella sabía que él solo utilizaba el auto en las contadas ocasiones que decidía pasar el domingo fuera de Sídney; por ello, algunas arañas habían hecho sus moradas en las cavidades y ranuras del coche, y otras lo habían recubierto de telarañas. Esa fue la inspiración para el mortal plan de Bogón Moth, que era como se llamaba la mariposa del sótano.

Una semana después de la barbacoa, Felipe decidió pasar el domingo haciendo una caminata por el Royal National Park, al sur de Sídney, así que se levantó temprano, preparó unos sándwiches y colocó unas bebidas en una caja térmica. Luego bajó al sótano, retiró con cautela las telarañas, colocó las cosas en el coche, se aseguró de que los neumáticos tuvieran suficiente aire y emprendió el viaje hacia el parque. Era un día soleado y Felipe disfrutaba de conducir. No había muchos coches en la autopista, así que aprovechó de acelerar un poco pues le encantaba la velocidad. Pasada una media hora de viaje, Felipe tomó una ruta paralela al litoral que ofrecía una vista impresionante. Todo hacía presagiar un día fabuloso, pero de pronto sintió que algo le caminaba por el brazo derecho. Como estaba conduciendo por una carretera sinuosa, solo vio con el rabillo del ojo la oscura mancha que se desplazaba sigilosamente sobre su brazo. Se trataba de una araña Huntsman que, alentada por Bogón Moth, se había introducido en el auto mientras Felipe lo había estado cargando aquella mañana. Por un instante, Felipe soltó el volante y sacudió violentamente el brazo, lanzando la araña hacia el tablero del vehículo. La araña permaneció inmóvil unos segundos, luego se volvió hacia Felipe, lo observó por unos instantes, alzó su dos patas delanteras y le brincó hacia el rostro. Allí sí que Felipe perdió todo control del vehículo, saliéndose de la carretera y yendo a parar estruendosamente al pie del acantilado.

Cuando el helicóptero de rescate llegó al lugar del accidente, una media hora después, los policías tuvieron que batallar para alejar del cadáver de Felipe la vibrante masa oscura formada por miles de mariposas nocturnas que habían cubierto su cuerpo y habían comenzado a devorarlo. Cuentan los aborígenes de estas tierras que insectos y arácnidos perciben a sus enemigos humanos y, en ocasiones, conspiran entre todos para ahuyentarlos o terminar con ellos…



JUAN CARLOS BARRENO GALLOSO

Realizó iniciamente estudios de ingeniería que prosiguieron con una maestría en ciencias en Universitiät Hohenheim, Alemania, gracias a una beca integral de la Fundación Konrad Adenauer. Posteriormente, siguió estudios de Lingüística Aplicada en la University of New England, Australia. Paralelamente a la ingeniería se ha desempeñado como profesor de español y francés en universidades y escuelas de lenguas en Alemania y Australia. Actualmente está dedicado totalmente a la enseñanza y la investigación literaria. Sus pasiones: la literatura y la poesía.

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